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domingo, 24 de enero de 2010

Ser madre


Ser madre
participar del milagro contínuo
con que la vida se hace a si mísma
nuestro vientre, húmena mano
cual espejo mojado brotando
bípeda especie en cadena de hermanos
placenta siente tu sueño
ser humano
en el vientre gestado
la consciencia ampliada
por ambiguas parejas
devenir seres humanos

Foto Raquel Martínez

lunes, 21 de diciembre de 2009

A veces no sé

Si el pasar de males se va con los años. Es como que te vuelves más amena, con la vida. La sientes toda una: con sus bellezas y sus acritudes. Pasa que te vuelves al camino y ves tantos pasos andados, tantas pérdidas de fulares, tantas malvasías y tantas canciones en los mares!...

La prisa se nos va en la vida cuanto los rosales.

Pero si solamente un niño, una criatura, se enciende bajo la luz de la luna. Es porque durmió en los umbrales de la hambruna, basurales y cajas que ululan. Vida perruna.

Si un alma pasa, y te tira los brazos a la nuca, no digas nada. Verás como el silencio mueve tus alas.

sábado, 17 de octubre de 2009

El círculo acuífero, variaciones sobre el nido

La maternidad es una puerta hacia la infancia. Una ocasión para viajar hacia el principio febril de nuestra existencia, cuando éramos esencia.

Pensando en los niños me acordé de Nessa, la Extranjera, y de sus huesos cayendo al precipicio por oír vocablos, mots, palabrejas. Entonces era la fea, o la hueca. Y construyó un Andamio, desde arriba escupía a las viejas y bailaba con los gatos.

Luego fue pendeja y dijo, yo paso. Yo quiero esto, no aquello, lo de más allá. Voy y no vuelvo. O si vuelvo otro tanto, me devuelvo, me vuelvo como aquella y como la otra. Me voy haciendo posesa de trajes, chaquetas y zapatos. Taconeo en los bares, las escuelas y las caletas, con chancletas a lunares.

No importa, la letra.

Lo que importa es que madres las hay a mares. Las hay como Nessa y las hay como el Manzanares, ríos a cientos de la tierra. Entre ellas cuecen las trenzas de las mil humanidades, sus olores, colores y sapiencias.

Lo que pasa es que las madres necesitan padres para decantar hacia el bestial instinto de los pares y de los iguales. Donde hay tresca de la buena, la que implica a las plantas y a los animales. Como semilla has de florecer, al calor de los tuyos, mi niña-eh!

Travestido, proxeneta o lésbica roquera, lo que seas vienes de tus padres. De un ovario inseminado por blanco líquido. Sin padre, no hay madre, lo certifico. Es por la cuestión del círculo acuífero… nacemos de un estornudo fructífero y juguetón, de Buda o Cristo, Mohamed o Colón, de quién es lo de menos.

Puede existir un progenitor, tutor o benefactor. Los hay cuidadores, portadores o educadores, algunas madres son de alquiler, otros son donantes de esperma o biólogos facilitadores. Todo eso existe, pero hasta la fecha sólo dos colores no pueden faltar en la paleta de la naturaleza: hombre-mujer, positivo-negativo, caliente-frío, ying y yang, y siga usted por parejas de opuestos… Así se expresa el círculo acuífero, con el ronrón de sus polaridades avanzando al infinito.

Puesto que no hay cuerda sin nudo, ni bicho sin pitido, como no hay ramas sin raíces, ni polluelos sin nido, los padres han de proveer a sus hijos de dedos finos para interpretar nudos, de un sistema de orientación en el sonido, de raíces fuertes y claras que hagan vibrar sus ramas y, sobre todo, les han de proveer de un nido.

Y en el nido, orquestar con lo niños la sinfonía de la inspiración y el latido.

martes, 17 de febrero de 2009

El libro de las caras

Escribir el libro de las caras sería un dolor de muelas. Estaría ahí, clavado, y sin embargo yo nunca sabría del todo dónde está. Y eso porque las caras son cambiantes e infinitas, innumerables y efímeras, un momento, un instante atravesado por una emoción o un pensamiento y luego la cara desaparece, se esfuma como un viento de temperatura variable.
Escribir el libro de las caras querría decir, tal vez, comparar las caras de ayer con las caras de hoy. Las caras del antes y del después. Pero, ¿antes de qué?, ¿después de qué? Habría entonces que inventar los entres, los siglos en que estuvimos perdidos cruzando barrizales y descifrando briznas colgadas en el sweater de un amante. Tal vez ese amante fuera el marido que una vez besaste con besos encendidos y ahora ni recuerdas, aunque lo tengas delante. Quizá los barrizales tuvieron que ver con tus intentos de llegar la primera, de escalar como una atleta los escaños sociales y de tener tarjetas. O cruzaste ciénagas de soledad y miedo para ponerte una careta y ser la protagonista más bella de Sex in the city, tú la princesa plebeya.
Escribir el libro de las caras sería una labor tan inútil como inabarcable. Inútil es hablar de una cara cuando las tenemos todas e inabarcable porque la que escribe habría de infiltrarse en la intimidad más inconfesable. En el quiebre de la aurora, la cara es otra. Muestra la arruga su pliegue, la borrachera su bronca. A altas horas de la madrugada, en esa línea sutil que nos separa del desayuno, los propósitos y el buen aliento, hemos dejado de ser quiénes creímos que éramos. Entonces nuestra cara no es más que una huella, un topos. Innombrable materia que refleja el devenir de lo que somos.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Bienvenid@ a la crisis

Ha llegado la tan cacareada crisis a nuestra isla de ladrillos. El sol revienta las espinas mientras levanto mi dedo al viento: para un lado o para el otro, por donde sople pongo a arriar las velas. Son de cera violeta, azul y magenta. Todos colores morados, para mis noches de luna sedienta y mis amores de teta. He dado de comer a los gatos y retiro las espinas relucientes para evitar algún estrago, cuando reparo en las noticias del papel de diario sobre el que un felino ha vomitado. Los titulares anuncian suicidios en masa en la costa oeste norteamericana, miles de nuevos refugiados aterrados y la caída en picado de los divorcios entre hispanos. En estas lindezas estoy pensando cuando le pregunto a mi vecina por encima del cercado, una viejita alemana con moño desgreñado, cómo encara la cosa a sus venerables años. "Con un poco de agua caliente y unas hierbas del campo, mientras tenga cartas de bridge, lo importante es seguir jugando", me confiesa tarareando una melodía, que anuncia un nuevo día.
Al pincharme con una espina, recuerdo un cuento de Margarita, la autora de Faustina en la hoguera, que narra una noche extraña en que su perra estaba de parto y atrajo la sombra de un gato. Al oir a los animales gruñendo, Margarita fue a su encuentro y encontró a su perrita llorando lágrimas de sangre. A los pocos días extirparon el útero a la anciana perrita y Margarita la cubrió de besos y caricias. En otra noche rara, Margarita escuchó nuevos gruñidos y al acudir junto a sus bichos descubrió lo que había sucedido: el perro de la casa había violado a la perra, estando encendido no supo oler el vacío.
Entre el bridge de mi vecina y las desventuras uterinas de mi amiga Margarita, me he quedado en el sistema prendida. Como la sombra de un gato o las noticias con espinas es nuestro presente anatema. Y para eso nos visten con sus pobres prendas millonarias. Por esto es que esta noche planeo quemar en la hoguera mis mejores vestidos, mis botas de Prada y todos mis anillos. Excepto una piedra preciosa antigua y verdosa, que tiene dedos de pan y ojos de viento para aprender a contar a la luz de las velas la verdad de los afectos.
Si la crisis es voraz, que se coma las mentiras.
Que se coma las caretas y el oro virtual.
Que nos deje en pelotas, sin marcas, sin títulos, sin propiedades y sin doctorados, que pulverice records mundiales y gratificaciones navideñas, sueldos arañados y delicatessen extremas.
Que la crisis purifique, desintegre y renueve en unos cuantos años lo que hemos envenenado durante siglos. Si así fuera, que así sea, ya tengo medio cuerpo metido en la hoguera. El resto lo dejo para la crisis venidera.
Visiones de un elfa sudamericana aquí

sábado, 25 de octubre de 2008

Indias

Recogí las tazas, lavé los platos y amamanté a mi bebé.
Entre cacerolas y abrazos vuelven imágenes de una guerra silenciosa, ganada a machetazos sobre tu-mi piel... ahogadas en charcos de olvido, de ignorancia y de maltratos fuimos haciéndonos indias. Íbamos del brazo y éramos cientos, miles, millones desde el principio de los tiempos trayendo y llevando a nuestras crías. Las hembras humanas unidas en una telaraña infinita, hermanas, madres, abuelas e hijas. Todas hemos llegado. Estamos aquí, seguimos vivas y vamos a seguir estando. Cocina tus palabras, inventa el abecedario, señala la vergüenza y haremos algo.
Despierta, despierta si estabas dormida y enciende la antorcha que el camino es largo.

lunes, 13 de octubre de 2008

Olas de madres

Has visto una familia nacer a su letargo y ahora lloras. Lloras porque queda tanto, sí, para cambiar esos lugares en los que se exhibe la humanidad en toda su crudeza, desnuda, hambrienta, descaradamente ajena a su propia desolación. Las señales que llegan a través de las antenas muestran la realidad en su costado más aterrador y cambiante, a la velocidad de un coche de carreras. Hoy se estampó Heider, un líder austriaco de la extrema derecha, con su coche a todo motor. Corría porque iba al cumpleaños de su madre octogenaria. Mientras, del otro lado del globo unas niñas del Yemen obtuvieron el divorcio a sus once años. El mundo hierve como una batidora de conflictos, cambios, saltos y brincos.

Y ahí estás tú y aquí estoy yo.

Aquí estamos nosotras intercambiando nuestros paños mojados, nuestras lágrimas en privado hechas un grito mayor porque si es publicitado, en los días que corren, parece ser multiplicado. Y mira qué silencio. El viento nos acompaña, madre, en nuestro dolor. Y sin embargo, cientos o miles de personas reciben tus alaridos, mis cantos, nuestra conmoción. Tal vez tus letras trabajen como hormigas en la noche, roan las almohadas de los que no oyen y de pronto, se despierten angustiados por la soledad de sus cunitas de plástico. Tal vez, tus letras resuenen algún día como un buen tango.
O quizás, el ron ron de la aspiradora, los ruidos de la tele, la cháchara de esos locos repitiendo sus mentiras y suplicando por un puñado de atención cubran todo el silencio y ni siquiera nosotras recordemos de qué hablamos.

¿Crees que puedes cambiar algo?, ¿crees que podemos?... ¿realmente quieres?

¿Llorabas por esa madre y sus hijos que han sido despojados? o ¿llorabas por tu propio dolor?

Lloremos, pues. Que nuestras lágrimas cubran el suelo, las calles, los techos y las pistas de aterrizaje. Que sople el viento y ululen nuestras voces sus gritos guturales a todo color, que a raudales hundamos los coches, los motores, los gobiernos, las bolsas de encaje y las cuentas corrientes.... que se ahoguen todos ellos con el agua de las madres.

Nuestros ríos van a parar a alguna parte. Al mar, al océano. Y los testigos siguen siendo el viento, los astros, las plantas, los árboles y los animales. Ellos permanecen y aguantan el embate del humano atrevimiento.

Después del diluvio nacerá otro tiempo. Un hombre nuevo. Y las hijas que fueron madres recibirán nuestro mensaje de las manos del viento.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Osho mil veces te amo


Está recogida en El Sendero del Yoga de Osho, maestro espiritual original y atípico, que no atópico ni utópico, una historia sobre el odio filial y la hipocresía que suele moldear las relaciones entre padres e hijos.

La historia en concreto es de Khalil Gibran y cuenta que una noche, una madre y su hija se despertaron repentinamente a causa de un ruido. Ambas eran sonámbulas y cuando se escuchó el estruendo en la vecindad caminaban dormidas por el jardín. Turbadas por el ruido, se enfrentaron con furia aún sumidas en el sueño: “A causa de ti, perra, a causa de ti, perdí mi juventud. Me has destruido. Ahora todo el mundo que viene a casa te mira a ti. Ya nadie se fija en mí”, le gritaba la madre verde de envidia y de celos. La hija, por su parte, le respondía: “Eres un mal bicho. Por tu causa no puedo disfrutar de la vida. Eres un estorbo, un obstáculo que hallo en todas partes. No puedo amar, ni disfrutar…”.
Y de repente, a causa del ruido, ambas despertaron.
Y la madre dijo: “Hija mía, ¿qué estás haciendo aquí? Puedes resfriarte, entra en casa”. Y la hija respondió: “¿Y qué haces tú aquí afuera? No te has encontrado bien y la noche es fría. Ven madre, acuéstate”.
Despiertas, ambas volvían a colocarse sus máscaras hipócritas, ocultando sus pensamientos y sus sentimientos más profundos. Pero en los sueños, como en las expresiones artísticas, el subconsciente fluye revelando aquello que nuestro yo social y consciente reprime.

Esta historia me ha recordado una vez que, siendo yo una niña, escribí en mi diario personal las palabras “mami, te odio”. No recuerdo la causa precisa de tan brutal declaración, ya que mi memoria forajida logró escamotearla. La cuestión es que mi madre revisaba mis cosas, cuadernos, cajones y bolsillos, como suelen hacer impunemente algunas madres en busca de quién sabe qué costumbres perniciosas. Y así descubrió mi secreto y se armó una escena italianísima, en la que ella ofendida y dolida me reprochaba entre gritos “¿cómo has podido hacerme esto?”. Después de aquello se instaló entre nosotras un silencio distante, una mezcla de estupor y desconfianza. Luego, con el tiempo, olvidamos lo ocurrido y se guardó en un cajón.
Y así, en una infinitud de cajones, bolsitas, cartas, sobres y cajitas, madres e hijas van acumulando su rencor, sus nimiedades, sus miserias y frustraciones, su despecho, su rivalidad intensa y ese odio inenarrable, esas ganas de librarse de la otra, para poder ser una, la única, la bella, la reina en un dominio total de la energía circundante.
Como sea, después de todo aprendemos a rezar, a repetir cuánto amamos y veneramos a nuestras madres. Cuan ejemplares fueron, cuan abnegadas, generosas, cariñosas y admirables. Y relegamos a la caja negra del olvido las críticas mordaces, los desatinos, los olvidos y las carencias, las cuerdas opresivas, las miradas inquisidoras y los esparadrapos con que cubrían nuestras heridas censurables.
Me pregunto qué pasaría si abriésemos la caja de Pandora con los males de la madre… ¿nos libraríamos finalmente de sus sombras?, ¿podríamos convertirnos, de una vez, en niñas, mujeres y madres auténticas, sin necesidad de decir Osho mil veces te amo?.
Fotografías de F.H. sobre "La penseuse", de Yssy Boyadjiev.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Los caminos del César

A la luz de una vela buscando analogías sobre los caminos del César se me ocurrieron éstas:
La cesárea es como cuando vas a pie, caminando, disfrutando del paisaje y respirando pausadamente. Puedes escuchar el trino de los pájaros, acariciar las ondulaciones de la hierba y descubrir las huellas de algún animalito silvestre. Está todo en su lugar, donde tiene que estar, la naturaleza transcurre y con ella tú, el caminante, que sin darte cuenta te has unido armónicamente a tu entorno sincronizando tu pulso, tu respiración y tu latir. Entonces llega un listillo con una 4x4 y te invita a subir, para que llegues antes. Tú gentilmente rechazas la invitación, pero el guapo de la 4x4 no admite tu respuesta. Entonces se baja de la máquina y te lleva del brazo, cuando te resistes te lo tuerce con fuerza, pero aún así, encallas tu pie en la rueda y dices que no, prefieres seguir caminando. Entonces el villano te pega una patada en el culo y, no contento con el resultado porque te has prendido a un árbol, te da una buena paliza, te rocía en aceite, te hace tragar gasolina para que aceleres, te arrastra hasta la portezuela del coche y, cuando estás medio inconsciente, te ata al asiento de pies y manos. Luego te tapa la boca, te cubre la cabeza con su chaqueta y se sube al asiento del conductor diciéndote "ojo con la gasolina que prende fácil", haciendo sonar su mechero.

Cuando llegas a tu destino estás tan confundida, asustada y herida, que necesitas atención urgente. Por fin están los médicos para atenderte. ¡Qué suerte!

En un camino distante, pero parecido, una mejicana del campo se encontró en trabajo de parto y sin nadie que la atendiese. Escuchó su vientre y supo que había algo diferente, su niño no saldría, aunque el sol brillara en lo alto y el campo latiera como siempre. Agarró un cuchillo y se abrió ella sola, en diagonal, con la suerte de dar con el útero al primer intento. Tenía la única anestesia de unos tragos de aguardiente en el cuerpo y aguantó apretando los dientes. Le pidió a su hijo de 6 años que fuera a buscar ayuda urgente. La encontraron consciente, con su niño al lado en perfecto estado. En el hospital se quedaron pasmados, médicos y pacientes, de cómo esa campesina se había hecho a sí misma una cesárea tan exitosamente. Ella dijo que pensó, en caliente, que o morían los dos o los dos se salvarían. Que dios estaba de su lado. Y efectivamente.

Y así. Una cesárea diabólica y deficiente, otra eficaz y divina.
Por suerte, no todos los caminos llevan al césar. Algunas cesáreas abren una herida que se convierte en una puerta hacia la consciencia, hacia la lucha y hacia el crecimiento, que es lo más parecido a la felicidad que nos puede tocar en suerte. Al menos así lo creo y así vivo la mía... pero también hay cesáreas que se convierten en lodos de fango donde las mujeres sufren una lenta agonía de incomprensión y fracaso. Y otras que ganan la partida a la muerte. De todo hay, en las viñas del señor.

Qué pena, eso sí, que nuestros caminos de andar estén infestados de 4x4. Lo único que puedo desear es que las autoestopistas ingenuas, las ilusas y las inconscientes poco a poco vayan despertando con nuestras sirenas de locas dementes. Y las que quieran ir más rápido que se suban a un cohete.

sábado, 16 de agosto de 2008

El dolor no tiene jerarquía

Han pasado los meses y aún no consigo apoderarme de la deformidad de mi parto, de la multiplicidad de detalles, del sentido o el sinsentido del dolor. Conservo fragmentos, aspectos, mitades. Algunas historias refrescan algo que sentí, pero no recuerdo. En mi interior reverberan imágenes a partir de algún detalle o coincidencia con otras vivencias.

Últimamente me han sorprendido mensajes en los que parecían disputarse las jerarquías del dolor y desde hace unos días me rebota en la cabeza la cuestión del arriba y abajo. Que si la partera humaniza porque recoge al bebé entre tus piernas, que si el médico cruel y dominador te pone abajo y él ejerce desde arriba, dando lugar a la jerárquica opresión. Recuerdo durante mi parto en el momento de mayor dolor, cuando nos habían transladado a una sala de alto riesgo, al lado del quirófano. La silla en la que se supuso pariría era en realidad una camilla dura, negra y resbaladiza. Tan alta que no podía subir ni bajarme sola y tenía miedo de caerme y acabar con escayola. Jamás me he sentado sobre un artilugio más incómodo. Tenía a los costados dos ganchos para colgar las patitas. Pues en el momento en que la ginecóloga y la comadrona (que no recuerdo quiénes eran porque desfilaba ya el tercer equipo, incontables rostros y manos me habían dicho hola…) hubieron de mirar con ojo atento en mi vagina a ver si llegaba mi hijo y a qué hora llegaría, lo hicieron con su cabeza a la altura de mi culo, que estaba suspendido en lo alto de esa tumbona de plástico negro. O sea, más bien yo estaba arriba. Era como en el dentista que estás sentada en el sillón con las manos sudorosas retorciendo el babero de papel y la boca temblorosa abierta hasta doler, y cuando él aprieta un botón el sillón se eleva haciendo un ruidito hasta que estás a la altura idónea para ejercer.

Arriba o abajo. Puedo estar arriba, atada, mostrando la barriga abierta o boca abajo como un camión al que le están haciendo una revisión. Y puedo estar abajo, doblando el pescuezo cabizbaja. Desconfío de la posición. Solamente estando a tu lado, a un costado, acompañando y siendo acompañada, el dolor no tiene jerarquía porque mi dolor es tu dolor. Desconfío también de las categorías, no hay dolores grandes o pequeños, buenos o malos, justos o injustos, desconfío del color porque no hay negros ni blancos. Todo es al revés, en este mundo extraño. Sufrimos muchos en manos de pocos, nos duele el nacer, con la muerte gozamos, los matarifes se visten de blanco y están asalariados.