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domingo, 1 de enero de 2012

2012 guiños

Charlie llegó a vísperas del 2012 con un tremendo dolor: había perdido su zapato negro en el avión. Cuando se propuso encontrarlo las risas alrededor ya anunciaban el ocaso de su honor. Habría de bajar en Barajas, con el pie mullidito en un calcetín marrón asomando por encima de la escalera empapada. Previsiblemente, en Madrid llovía con buen viento un lento chaparrón de Navidad.
Nada fue peor que caminar en los pasillos escuálidos del aeropuerto, sabiendo que ni zapato ni nada, llegaría descalzo a su destino final.
Luego le esperaba el chasco terminal. La playa vaciada de turistas y él con un pie cambiado, de negro a naranja bombai.
Aquí estamos en la isla, en vísperas de Navidad. Charlie tiene bajo las sábanas un encuentro celestial, payasos colgados de los árboles que ululan la inefable verdad: ¡vive tus días contados! ¡vuela, ave de corral!
Nos aproximamos a la noche del 31 con un espíritu extraño, de mágico animal. Estamos persiguiendo a la luna con los botones lustrados, recién bañados. Y resulta ser verdad que estamos encantados, del ser occidental.
Lo hemos visto boca abajo, con dientes en la billetera por igual, moneda es lo mismo un muerto que un pescado, qué más da.
Así está Charlie cuando el 2012 empieza a despuntar. En los ojos aletas de pescado y en el alma, el silencio de los tiempos que están por terminar. A su alrededor, un millar de luces que brillan: gatos, perros, pájaros y gallinas salen de entre las sábanas con el nuevo día.
2012 guiños en tu honor, Charlie bala perdida, Charlie niño señor.

viernes, 17 de julio de 2009

Muerte y la China

“Los Mossos d'Esquadra detuvieron en la tarde de ayer en Barcelona a un hombre de nacionalidad china acusado del brutal asesinato de tres compatriotas. Los cadáveres descuartizados de las víctimas —un hombre, una mujer y una niña— fueron descubiertos pasadas las cinco de la tarde en el interior de un local situado en el número 63 de la calle Hospital, en el populoso barrio del Raval, en la parte baja de la ciudad”.

Lees el papelito que ha quedado pegado entre las baldosas mojadas de tu patio encantado. Ese diario anticuado te recuerda la ausencia de Charlie, tu hombre enamorado. Ves la cara de la niña china en la fotografía y la reconoces, es ella, la señal que hasta entonces perseguías. Pero si la niña está muerta y la tienda china a la vuelta de la esquina ha clausurado sus puertas, ¿dónde vas a encontrar a tu marido ansiado?

Piensas y en la nebulosa adivinas que tal vez has de recorrer las salas de urgencias y unidades de intensivos cuidados. Allí tal vez se halle la respuesta.

Vas como una nueva Dalila en busca de tus perdidas tuercas. En pocas horas te presentas y ya estás frente a un servicial empleado que te explica que si no estás de urgencias, el acceso te está vedado. Has de estar medio muerta para que te abran la puerta.

Es una sala blanca, donde el aire está viciado y los enfermos esperan con ojos de ratón atrapado, las orejas como aristas deformadas y los brazos tendidos, endurecidos y pelados. Tal vez Charlie esté en algún rincón olvidado, esperando a que un suero lo devuelva a su vital estado. Enloqueces de angustia sólo con pensarlo. Si Charlie está en vida, juras que vas a encontrarlo. Entonces te cuelas, entre las camas, las heces, el pus de heridas abiertas y el hedor de rotas muelas, tras un pasillo infinito hallas una puerta que se te antoja distinta. La empujas. Con dolor en la boca y fuerza de loca de tu cuerpo infantil te desprendes. Descubres en la habitación dormida a una bella durmiente con vocación de marido. Es Charlie, finalmente, ahí está tu amor perdido. A los pies de su cama te sientes enana, diminuta en el pasaje de la muerte. Y prendida del amor y la muerte, de pronto te sorprendes. Ya la que eras está perdida y la de ahora es cien mil veces más fuerte.

martes, 16 de junio de 2009

Nuevas caras

La cara de tu hijo está enmarcada en la ventana, te mira con ojos pícaros y luego hace un ademán con la mano y se pierde tras el marco. Le sigues, sacas fuerzas que se habían agotado. Ahora estás segura de seguir caminando, aunque no sabes bien dónde te llevarán sus pasos. Tras la ventana se abre un camino entre los árboles, un zig zag de ramas verdeando y en el cielo, el azul que habías esperado. Tu hombre, el de la cabeza dorada, se ha esfumado. El chiquito corre y tú le sigues los pasos. Vas que vuelas con las chancletas heredadas de tu abuela y los pies malhumorados, heredados de tu madre la del corazón pesado. Lo que pesa son los años pasados zurciendo el duelo del pasado. Entonces sucumbes, y le sacas lumbre a las noches en vela buscando dados donde sólo hay candelabros. En la oscuridad del derrumbe encuentras cosas de herrumbre y objetos olvidados. Una caja añeja y dentro unas piezas, un prendedor dorado y una vieja pluma. La reconoces. Te fue entregada por un hombre amado y la perdiste, para hallarla de nuevo en tus manos tras un paseo imaginado en le bosque de las lumbres. Allí estaban las lumbreras y te contaron con todas las letras que eras poeta, mujer de letras.
Ah, detrás del niño irás con tus letras. Y corres a ponerte las aletas, los ojos y las branquias de pescado. !Ah, gracias al niño estamos con esas!

domingo, 26 de abril de 2009

Diente de ajo

Dos dientes han quedado clavados en tu encía. Son tus incisivos hincados en la noche para cerrar la boca a las palabras, que empujan como una corriente. Por no decirlas te has clavado un colmillo. Sacas de la carne una púa de sangre reseca, luego la sientes. Duele tanto que quema. Después de aquello no estás segura de seguir caminando. Luego piensas que has de salir de la cueva donde estás como gato encerrado. En ese instante, en la oscuridad de tu escondite aparece un muchacho de sienes varoniles, es él, el que cubre con mantas de algodón perlado las cunitas infantiles. Es tu macho. Le sigues entonces hasta una cabeza de esfinge por donde asciende una escalera. Entiendes que él conoce los secretos del camino y que con él llegarás a la cumbre. Entonces pedaleas, le das a tus aletas y en el agua te metes por las grietas hasta ingresar en la gran cabeza dorada. Allí encuentras la escalera espiralada y ves varias puertas, ventanas y pasillos que se bifurcan hasta sacarte las tuercas. Te preguntas cuál es y finalmente, eliges una. Una ventanita pequeña que tiene la voz de un niño escrita con arena. Cuando la abres te invade una brisa rosa de luna llena. Estás oliendo a pañales, ves su risa jocosa y sus locos ademanes, tu hijo como un sueño de las fuerzas siderales.

sábado, 4 de abril de 2009

Gente guapa

Con velocidad tras la burbuja ves tu rostro feroz. Pareces una hiena, te han crecido dientes y cadenas. Ladras a tu lado convertida en una bruja, con espasmódica rabia. Nada acontece, nada se cuece. Sólo escuchas quemar la mecha y una bomba reducir sus latidos al máximo, puro estertor. El tabaco ha quemado tus noches de vigilia, con vergüenza circunspecta miras tus marañas de vacío, que han molido callos amargos en tu interior. Estás hecha una fiera y lo peor es que es contra ti misma, por haber dejado escapar al caballo. Por no poder con los baldes de agua ni con los días de lluvia, ni mucho menos con la inundación interior. En el océano hay días que tienes para largo. Nadas, nadas y sigues nadeando y cada tanto caes en las cuevas, en agujeros impensados.

viernes, 13 de marzo de 2009

Estrella

Frente al tesoro estás palpitante. Mueves las branquias para inspirarte y buscas entre los restos de un naufragio, en un baúl de antiguallas se hallan copas de plata y guantes de esmeraldas, cinturones de fuego y diademas a juego, brazaletes, collares y monedas de antes. Mas no hay joya que te esté destinada. Mientras buscas surge en tu garganta una voz desesperada que en cien burbujas sale enfundada. Gritas y murmuras, farfullas entre dientes porqué no está en el tesoro una pieza refinada que te calce hundida en el agua. Estás abriendo la boca para gritar como una loca cuando la ves frente a tu cara. Es una burbuja franca, transparente, perfecta e impoluta. En ella te ves los dientes y el pelo flotando como alga en la corriente. Ahora tú, reflejada en la burbuja, levitas en el agua. Ahí estás como una sirena rota o una ballena hermosa, lo que eres no tiene palabra pero sí un reflejo claro: pechos redondos, vientre curvado, lengua, dientes y ojos de humano con cola de pescado. Entonces lo entiendes: ahí está el tesoro, eres tú misma hundida para siempre en el océano, flotando como una estrella en agua de mayo, por fin te has encontrado.

sábado, 14 de febrero de 2009

Equilibrio

Es lo que buscas. Mantenerte suspendida en ese tibio equilibrio entre las aguas de tu madre, con el cordón tirando suavemente en el vaivén de las ondas. Nadas como un pececito, o como un globo en el aire flotas con una sonrisa constante. Estás buceando entre las rocas, atraviesas verdes prados salpicados de marinos caballitos. Hay algas, ostras, percebes y alquitranes, algún viejo clavo y muchos peces, miles de peces. Nadas en lo produndo del océano y te mueves, aleteas convertida en sirena, nacida dos veces. Entonces en un recodo algo resplandece, brillo dorado que aparece y desaparece. Te acercas. Olisqueas con las branquias como los peces y entonces enloqueces: es un tesoro. Tú tesoro. El que buscaste durante meses...

sábado, 24 de enero de 2009

Tocata

"!!!!Charlieeee, Charlieee!!!!" gritas desesperada. Ahora sabes que le amabas, que le amas con locura mientras pasa un pez espada rozándote con su aguja. En tu gruta de agua salada nadan peces y tú desnuda estás vestida con escamas. Charlie no contesta, nada muda. Escuchas nada, nada te inunda. Y de nada te acurrucas junto a tu hijo en la cuna. Le cantas una nana y te quedas dormida. Le amabas, le amas y le amarás toda la vida. Aunque fuera un fantasma o un invento, aunque estuviera muerto, Charlie sería tu brújula y tu mejor acierto.

martes, 13 de enero de 2009

Pedalea

Te acabas de despertar y tu niño está prendido. Mama como una rata o un ratoncito, rozando con su palma tu pecho y haciéndote cosquillas con el pie derecho. Sientes una ternura indescriptible ensanchar tu corazón. Tironeado por elásticos el músculo te invade hasta convertirte en una plataforma ancha como una cancha. Ahí habitará tu hijo y desde ahí podrá lanzarse hacia el futuro, misterio de sucesos y azar del destino. “Veremos en qué se convierte este niño”, piensas mientras lo miras con ojos encendidos. Entonces en la cueva se oye un suave sonido, es un chorrito de agua que se cuela por una grieta y llena tu negra caverna como una pileta. Flotas sin problema porque sabes mover las piernas y tu hijo tampoco sufre porque bucea, nada y escupe, como un renacuajo de agua dulce. La cueva se llena de agua y refresca tus enaguas. Entonces Charlie regresa como una meta clara, una visión y una fiesta a la que estabas invitada. De pronto pedaleas, le das fuerte a las piernas y agarrada a tu hijo con decisión buceas, indagas el azul oscuro que va invadiendo la cueva, abres tus ojos a las profundidades azuladas de tu vieja morada.
Estás henchida, dorada y ligera llena de ti misma, convertida en madre tierra. En el fondo de la cueva empiezas a encontrar tesoros: estrellas anaranjadas y fluorescentes flores, caracolas nacaradas, cristales como lágrimas que de tus entrañas profundas cayeron en la gruta y ahora son tierra fecunda.
Sueltas tu cabello y mueves las aletas. Tu tetas estriadas brillan excitadas por esta nueva etapa y se dirigen a la luz, en la superficie donde el viento sopla y el sol destapa.
Ahí vas en bicicleta, pedaleando como un hada marina convertida en atleta.
Has reencontrado tu meta, amar ramas como una ilusa, y no es que estés confusa, una visión lúcida te lleva en volandas: es el amor alquimia más que quimera. Y tendrás un reinado abundante donde antes había rocas. Hacia él pedaleas llamando a Charlie, el chaval de las mariposas, el que revive a las mari-esposas después de muertas.

jueves, 8 de enero de 2009

Mu



"Muuuuuuu...."

Tu voz sale de la garganta como un ronquido, cual vaca o ballena, o como un animal herido, estás mugiendo cuando levantas tu mano y tocas las paredes de piedra. En la caverna todo está oscuro y todo está limpio. Es negra, húmeda y de contornos indefinidos, en ella eres y estás como sedienta, buscando letras con tu mugido.

"Muuuuuuu...." repites. Y entre sueños lo ves a Charlie flotando en un cielo golondrino con el sol languidecido. Recuerdas las tardes de cristales y las mañanas al viento, cuando entre las sábanas le decías tu nombre y en cascadas caían letras en su pecho. Luego, desayunábais medialunas de cobre ensayando el olvido.

"Ay, Charlie". Te musitas mustia como una flor sin sentido...

Entonces enrojece tu vientre y llora tu niño. Le entregas el seno rebosante y florece un manojo de claveles chinos. Tu niño sonríe a sus dientes de leche. Mientras llora, mientras ríe, tú tiemblas como un alambique sumergido en el océano.

Mu. Ahí está el origen, mujer, madre, anciana del abismo.

La clave es tu (d)instinto.

domingo, 4 de enero de 2009

La boca

Apenas amanece sientes tu boca. Tiene un perfil extrañamente ajeno a tus sentidos. Balbucea palabras rotas, dichos de otra. Entonces te incorporas y, cuando estás casi erguida, sientes al niño colgado a tu eslora como un cachalote crío.
No puedes levantarte y mucho menos correr, como habrías pretendido. Vuelves a mover la boca buscando un sentido y de nuevo escupes algunos bramidos, gritos guturales y babas de loba. No es tu boca la que abres y tampoco eres tú la que bajó a la cueva. Ya no hay nadie razonando y fumando cajetillas de cerillas. No hay aspirinas, ni estantes.
Sólo el silencio de tu caverna enmohecida. Tú hijo que palpita y tú lamiendo enfiebrecida.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Íntima y nocturna

Después de la explosión sigues bajando al caracol. Llevas horas descendiendo, a tientas vas descubriendo el muro espiralado, sus quiebres y mareos. El rumor del mar ha menguado y ya no es para tanto, empiezas a ver tu silencio. En un balconcito empedrado sobre un acantilado ronroneas y gorjeas sin acierto, dando vueltas en el vacío coqueteas, más no caes, sino que como una gata perfecta mantienes tu cuerpo enhiesto.
Ahora estás en pleno silencio, no escuchas las olas ni tampoco las gaviotas, sólo tu respiración que va y viene como una anciana señora roncando en el tiempo. Entonces llegas a una gruta. Es una cueva oscura y mojada de agua salada. La tierra es arena blanca con fósiles moluscos y no se escucha nada, ni el suspiro de un hada. Te arremolinas buscando una mágica figura, un caracol iluminado en la tumba o en la cuna. Poco importa si estás muriendo o estás naciendo, lo que importa es que eres una y te estás multiplicando.
Te has echado.
Ahora tu cuerpo está relajado y te concentras en el dolor que empuja huesos y músculos por tu vientre atravesados. Vas abriendo un sendero para tu niño venidero. El cerebro se te estruja hasta hacerse diminuto como un dátil jugoso o una esponja enana. Ya tus manos no utilizan utensilios ni herramientas, sino que laten, gruñen y murmuran que por fin te has vuelto hembra.
Aparece una barca. Está hecha de lianas y de yedras. Te acompaña un sabio o una bruja, no aciertas a saber de quién se trata, pero sabes que está entero y te mira como a una hermana. Allá llegas. La barca te lleva y te sientes ligera, entonces abres la boca, cantas, gritas e invocas hasta que de tu lúcida vágina emerge un niño, un niño de sangre. Un hijo.
Tu hijo.
Lo abrazas, lo hueles, lo meces y él te busca, te huele, te siente trepando por tu vientre hasta llegar al pecho, donde un pezón le sonríe como si ésta fuera su tierra.
Luego acuden a la cueva otros animales sin truco: monos, cerdos y otros cachorros se agolpan en tus tetas, rozan el cielo mientras maman y amanece.
Ya eres hembra, ya eres tierra. Por fin has llegado del otro lado, íntima y nocturna has invitado a un sin fin de mujeres que el camino han desandado. Todas ellas te miran, todas ellas suspiran y entre flores, permanecen.

jueves, 27 de noviembre de 2008

El día de la puta

“Feliz día de la puta”, Charlie te mira con una media sonrisa y los ojos muy abiertos, mientras tiende un plato ovalado con un ave pequeña, a decir verdad mediana, que no aciertas a nombrar. “¿Quéee?”, preguntas incrédula apartando el libro que estabas ojeando, “¿de qué estás hablando?”. “Todavía no te he felicitado, hoy es el día de la puta” aclara tu maridito con un tono francamente cariñoso, “...te he cocinado algo sabroso”. Estás a punto de echarte las manos a la cabeza para mostrarle claramente tu felicidad y tu asombro cuando se escucha un temblor impresionante. Bajo tus pies vibran las alfombras cachemiras, las baldosas, los tuétanos de hormigón y la casa se tambalea, con las paredes derrumbándose alrededor como una chabola de papel. Charlie hace equilibrios para salvar la cena gritando “!Nooo!, ¡¡el pavo no!!” pero el pavo, ahora lo sabes, sale volando por la ventana y detrás de él vuela Charlie con sus alpargatas. Tú aguantas prendida al sofá, con una mano agarras la damajuana y con la otra el libro que te tiene atrapada. De pronto se escucha un sonido de aire, un bufo potente absorbe hacia el fondo de la tierra todo lo que fue tu hogar, destruyendo tubos de agua corriente y cables de electricidad, sillas, lámparas, cientos de enseres y tu precioso ajuar.
Luego, quietud y silencio.
Cuando alcanzas a mirar entre el aire polvoriento descubres que tu mansión se ha pulverizado como un viejo quiosquito de periódicos arrasado por las marejadas del clima trastornado. No queda nada de lo que fue, más que el sofá morado y una lámpara de pie. Tú estás milagrosamente salva, en un paisaje desolado y fantasmal, con tu libro a un costado. A lo lejos se escucha un extraño silencio, de mar embravecido y pájaros volando. Te lames los labios y notas que el polvo está salado, cargado de hierro, carbón y otros sabores pesados. Pata de pavo es lo que estás tanteando sobre el sofá mientras buscas el interruptor para encender la luz. Con una mano encuentras el interruptor y le das, algo descreída. Sin embargo la luz se hace y te encuentras a las mil maravillas. Con la otra mano te agencias la pata de pavo y le hincas bocado.
La cena está servida. Tú estás a la deriva y la heroína de tu cuento todavía no ha llegado, así que abres el libro donde lo habías dejado y te entregas sin reservas al viaje más intrincado.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Caracol

Caminas a oscuras, tanteando con tus dedos temblorosos la superficie húmeda de los ladrillos rosados. Tus pies se deslizan con cuidado sobre escalones de madera vieja con vetas abiertas de las que surgen astillas e hilos gastados.

A pesar de la incertidumbre, de no saber ni ver con los ojos por tanto tiempo cerrados, desciendes por la escalera de caracol a una velocidad sostenida, como si bajar fuera cuestión de estado. Estado de neblina, de incontinencia y de menoscabo. El ritmo de tus pies va etiquetando los escalones que dejas con viejas palabrejas: abedul, pan tostado, tortuga y aceituna son motes que brotan de tu intelecto acongojado. Más abajo, un escalón doblado te muestra un semáforo: amarillo, verde y morado, pase, no pase, frene y sea bien educado.

Tú decides que bajas, con tus largas pezuñas golpeando en el silencio y el hocico mojado goteando chorretes de moco licuado. Cuando de pronto la luz resplandece temblorosa y sorpresiva, puedes ver la escalera que desciende interrumpida, y en una esquina contra el muro, un tramo suspendido sin conexión hacia abajo ni hacia arriba. Ahí está tu bebé perdido: en ese pequeño rectángulo colgado en el vacío, tu hijo, a cuatro patas como buen mamífero, te busca en su agitada espera.

Descubres entonces que el niño no corre peligro. Que sabrá esperarte sin salir del recuadro, protegido del salto al vacío por su instinto divino.

Pero, ¿cómo vas a rescatarle? Los dientes te crecen y las muelas hunden sus raíces en tus sienes. La cabeza te explota de grises y matices mientras remodelas el mundo en tus dedos ausentes. Amnésica estás presente de manera intermitente y tu consciencia va y viene, entre la carne, los músculos y tus células sufrientes. De pronto tus pulgares se ponen a ulular como bichos enroscados, atrapados en una ceguera omnisciente:

-“!!!!Charliiiiiiie!!!!”.

Es un aullido rotundo, la palabra insuficiente para explicar tu dolor de mundo.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Lo Perdido

“Ye she long da tian, ye she long da tian”. Repites mentalmente mientras corres con tu alma malherida. Charlie es una imagen borrosa en tu frente marchita. Ya no recuerdas cómo le amabas ni si era un amante decente, ya no recuerdas casi nada. Y sin embargo estás habitada por un ritmo demente, un grito enloquecido que te empuja a buscarle y ay, por encontrarle tienes alas. Volando has llegado hasta el local de los chinos, al lado de donde vive la chinita que te dijo esas palabras. “Ye she long da tian” estás murmurando cuando de pronto a tu lado escuchas una voz amortiguada. “¿Tienes fuego, guapa?” te dice un joven moreno, con la mirada aguada y hablar gangoso. “No fumo” respondes y sin querer añades “ye she long da tian”, en voz baja. El tipo abre los ojos como pozos y te aclara “Abuelo es dragón del cielo es una balada… cuenta la historia de un hombre bueno que fue aniquilado al alba. Su hija estaba embarazada, llena de sueños. Pero había una maldición heredada entre las mujeres de esa casa…”. Miras sorprendida a ese hombre y entonces le hablas “¿Cómo te llamas?, preguntas. “Louis Perdido. Lo para los amigos.” Te dice él casi risueño. Entonces buceas su mirada y está calmada, sin ruidos. Aunque sus pies están hechos añicos y sus ropas son harapos, Lo promete un buen rato. “¿Qué buscas?”, te inquiere él mientras tú oteas del otro lado, buscando en la tienda alguna pista que resuelva el asesinato. “Busco…busco…”, hesitas un instante y luego afirmas “busco a mi hermano”. Entonces caes en la cuenta. Charlie es tu hermano. También tu hombre, tu amante, tu enamorado. Pero sobre todo tu hermano. En esta vida y en la otra quieres abrazarlo, saber que está bien, acompañarlo. Entonces recapacitas “Bueno, no. Es mi marido. El padre de mi hijo. Se perdió hace meses, siglos, años… no recuerdo. En esta esquina estuvo y me llamó por teléfono…”. “Ah, vaya”, responde Lo, “Yo también la estoy buscando. A mi hermana, a mi amada. Amy se llamaba. La muy guacha… se fue sin decir nada. Una mañana, al despertar ya no estaba... había dejado las llaves de mi coche en un vaso de agua, con un papelito. Me explicaba que el coche estaba en la playa Ancha, si lo quería. Y firmaba pidiendo que no la buscara, nunca. Cuando fui a la playa a por mi coche descubrí que estaba bajo el agua… había aparecido aquella semana y estaba en el espigón, entre las rocas metido…” Lo arrastra estas palabras y luego ruge enfurecido “!Por eso metió las llaves en el agua, la muy bestia!... al principio no lo entendí, ¿sabes? Pero es que ella siempre ha sido rápida y yo, lento”.
Lo Perdido mueve la cabeza como si doliera. Te está doliendo el cuello de tanto pensar en ello, entonces buscas en tu bolso y le tiendes unas llaves. “Es viejo pero funciona”, le dices sin pensar en lo que haces. “Está aparcado frente al parque, un Citroën amarillo. Era de Charlie”. Lo Perdido te mira como si estuvieras loca. Luego mueve la boca y le salen borbotones de fresas, frambuesas y frutas deleitables. Flores de risa brotan en el aire.
Lo Perdido te mira, respira y trina estas frases “Las mujeres sois el más bello enigma que nos dejó el de arriba. Qué pena que algunas estén tan desquiciadas haciendo disparates. Amy se llevó a mi hijo, se fue con sus amigas divorciadas a trepar una cima. Fuimos un buen equipo pero nos metió dinamita porque quería cancanear, festejar y trasnochar. Ganar guita y estar como la que más… y ahí se fue la madre con mi criatura prendida". Lo suspira hondamente y añade pensativo "Nunca has de hacer lo que no quieres que te hagan”, clavando sus ojos transparentes en los tuyos “no dañar, pisotear ni insultar al que te ama…”

Lo Perdido se calla. Tú no hablas.

En ese momento el motor de una motocicleta estalla, suena su estruendo y pasa a vuestro lado como un trueno una moto de gran calibre. “¿Lo ves?” te dice Lo Perdido, “de tanto correr la gente ha perdido el sentido….” Cuando está diciendo esto te acuerdas del tiempo y miras tu relojillo. Son pasadas las siete y has de correr a buscar a tu niño. Te despides de tu amigo y él te besa agradecido. Con esta perla como guante ceñido te devuelve a la ciudad en la que estáis perdidos: “No corras, belleza. Si corres te puedes caer o puedes perder a los que van más despacito. Y luego, en la cuneta, sola o majareta, ¿quién te va a querer?".

domingo, 19 de octubre de 2008

Infierno blanco

Tu pierna camina y te arrastra con ella. Atraviesas el paso de cebra a enormes zancadas y descubres que no estás muerta como pensabas. Ves claramente a la niña china que sube a su bicicleta y arranca a todo trapo, veloz hacia la otra esquina. Entonces piensas en Charlie y su táctica para estudiar a los sapos, sólo observación y silencio, ningún ruido, ningún movimiento. Decides adoptar su estrategia, si es buena con los animalejos lo será con los humanos. Y corres persiguiendo a la china.
Ella tiene piernas largas y una mini minifalda. Pedalea como una yegua o un caballito de agua, le mete, le mete y casi vuela, mientras tu sacas la lengua y te derrites como una cerda. Corres sin pensar concentrada en su traste blanco hasta que se detiene frente a un cine. Ata la bici y compra su entrada para la sesión que está empezando. Luego, tras ella en la cola, le dices a la vendedora “una para la misma que mi amiga”, y señalas con la mirada la coleta que oscila.
Cuando entras en la sala la oscuridad te inunda. No ves tres en un burro y vas medio tarumba, dando patadas a todo el mundo. Escuchas un “ayyyyy, so bestia, mira por donde andas” y entonces decides sentarte, ahí mismo donde estás parada.
Al poco te das cuenta de dónde estás metida. Es la tercera fila, la sala está repleta y a izquierda y derecha hay un barullo de memos, un montón de chicos granudos comiendo palomitas y otros venenos.
La china no está en escena. Dilatas tu mirada pero nada, no ves nada. Entonces, como una lerda, te das cuenta. Estás detrás de un cuerpo que no entra por la puerta. Un tipo enorme, todo espalda, está sentado en la fila de enfrente y lo que ves no es pantalla, sino musculatura prominente. Vaya, estiras el cuello como un avestruz amargada. Ahí enfrente está la película, recién empezada. Retumba una banda sonora más bien opaca, de las de hacerse caca. Aparecen los títulos y te enteras de qué se trata: Infierno Blanco se titula la cinta, empieza en una sala blanca con una mujer encinta. Estirando el cogote por detrás del monigote consigues seguir la primera escena. La embarazada camina moviendo la panza con cara de pena, recorre un pasillo largo sembrado de puertas. Las puertas están cerradas y ninguna se abre por mucho que lo intente. Parece que busca un trago, algo que llevarse a la boca, con qué llenar el estómago. Finalmente, una puerta entreabierta. Empuja lentamente y aparece esta escena: una hilera de camillas, con hembras de piernas abiertas y algunas en cuclillas, con los ojos abiertos, los puños cerrados, los dientes ajados y las bocas blasfemas gritando por todo lo alto como perras. Hay varias que están de costado, con cables conectados a máquinas eléctricas, son las hijas de la ciencia. Del otro lado, una que ya ha dilatado está siendo observada por un ginecólogo angustiado. El tipo mete la mano en el orificio sagrado para medir la salida, no vaya a ser que el producto salga malogrado. Entonces la parturienta suelta un estornudo y al médico se le encalla la mano, se le queda el puño hecho un nudo en el útero atascado. Grita el muy desgraciado “!!!!cuidado, cuidado, el cordón ha prolapsado!!!!” mirando el monitor y agitando el otro brazo. Entorno revolotean otras manos, enchufando, atando, remezclando líquidos y preparando el traslado para una cesárea de urgencia. La protagonista está petrificada, con ojos de buho trastornado y una cara de trágame tierra, apenas consigue mover las piernas. Cuando finalmente cierra la puerta, el ginecólogo sale disparado, corriendo tras la camilla con la mano atrapada en la vagina.
Atrapada en esta escena te has quedado como lela. Casi olvidas a la china y a tu hijo que espera la cena. Entonces, el gordo se despierta de un ronquido y cambia de costado, y tú te quedas sin película, con el cuello atenazado.
Buscas en la sala y no encuentras a la china, que de pronto se ha esfumado. Estiras la pata entumecida y corres hacia la salida, mirando a todos lados. Cuando atraviesas la puerta, el aire de la city te golpea en la jeta y te trae acentos raros, swajili, aragonés e inglés entremezclados con el pitido de un carro y un vendedor de cigarros. La bici ya no está y la china está perdida. En tu reloj dan las cinco menos cuarto, te queda un rato. Calculas mentalmente y decides volver al chino, a ver si tienes suerte. Tal vez sea esta tarde, la de los muertos vivientes.

lunes, 6 de octubre de 2008

De ambulancia

Estás completamente perdida. Has dado vueltas y vueltas buscando aspirina para paliar el dolor de la cicatriz que estira, pero nada. No hay aspirina y sigues en la calle, sin noticias de Charlie y con tu hijo en casa de tu madre. Hoy has dejado antes la oficina, gracias al dolor en balde, el de la cicatriz que arde. Después de bregar con los informes y las angustias del jefe, al volver de tu segunda excursión al baño con el sacaleches, decidiste que era bastante. Y alegaste un dolor inexpresable, con cara de muerta en vida.
Ya en la calle caminaste a la deriva. Buscabas una farmacia, empujada por el aire descubriste callejuelas sin salida, luego una gran avenida, una calle, otra, todas parecidas. En las esquinas y en los bares, los humanos más dispares pegados al televisor con caras desabridas, frente a la crisis del mundo mundial se agitan como primates. El mundo se derrumba y tú ni miras, absorbida por una idea fija: encontrar a Charlie.
Has empezado a despertarte en la noche moviendo las manos en el aire, dices su nombre, lo gritas. Pero Charlie es un recuerdo cada vez más difuso, sólo hay nitidez en la raja violeta de tu vientre y en tu hijo berreando su comida.
Ahora sigues perdida. Consigues concentrarte y dar un paso, luego otro, mover una pierna detrás de la otra. Repites el movimiento con una cadencia hipnótica, robótica te mueves porque persona no eres. Entonces has vuelto al quirófano y estás levantando una pierna, cuando una contracción te dobla. Te estremeces, abres la boca y emites un alarido que parece de otra, una hembra de bicho que no has conocido. La matrona te mete la mano y revuelve, apretando tu panza como si fueras ganado: "Bueno, mujer, cómo te quejas... ya será menos". Tú la miras rogando por un calmante y te retuerces de nuevo, la contracción ha vuelto como un ciclón o un agujero negro:
- "Aaaooooooaaaaaaaaaaaaaaaahhh".
Tu grito esta vez no es de primate ni de gata, sino de chancha que desangra. "Seguro que cuando te hicieron esa panza no te quejabas..." espeta la comadrona, y estás tan ofuscada que casi le das una patada con la pierna que está enganchada. Pero no puedes, claro. No puedes nada y ahora que estás extraviada esa pierna te lleva medio atontada como un alma atolondrada.
Has llegado a un desvío. Reconoces un semáforo cerca de tu casa. Estás en buen camino. Ahí te quedas parada, aguardas que cambie a verde cuando la ves del otro lado. Ella espera lo mismo, es la joven china con su bicicleta y un blanco vestido. Abres mucho los ojos y balbuceas esperanto. Ella puede llevarte hasta tu buen marido, sabe quién es Dragón Alado y quién mató al abuelito.
El rojo se apaga. Parpadea el amarillo. Sacudes tu pierna entumecida y le ordenas: "camina".

jueves, 2 de octubre de 2008

El fin de las flores

Finalmente, has vuelto al trabajo. La baja no dura para siempre, aunque Charlie no aparezca y aunque tus mareos no cesen, tienes que cumplir, cobrar para pagar boletas.
Hay flores de otoño, las ves por la ventana en el balcón de la esquina, el de la vieja profana. En tu mente reverberan preguntas sin respuesta. No sabes qué pasó con el viejo asesinado, ni porqué tu hombre se ha esfumado.
Lo que sabes todavía no ha sido nombrado.
Son las flores de septiembre, las que llaman a la puerta. Abres con tu mejor sonrisa de empleada, las dejas pasar al despacho y les sirves una infusión caliente. Ellas no sonríen ni tampoco emiten palabras, sonidos o algún significado. Sólo asienten, te miran mientras limpias tus papeles, ordenas cosas antiguas y casos clausurados, archivas, remueves, categorizas lo que te enloquece. Las flores como seres alados con vientres perfumados parecen esperar un signo, una señal que libere el estigma y las conduzca a un feliz estado.
Tú no tienes señales, ni libros sagrados ni leyes de estado. Lo más que tienes es tu útero cortado y tu recién nacido en un piso alquilado.
Entre el último caso archivado encuentras entonces una pluma, de algún pájaro extraviado. La tomas con tu mano e imaginas con los ojos cerrados que cosquillea de tu hijo un costado, luego otro, luego detrás de la oreja dibujando un caracol enroscado. Las flores de septiembre se ríen, cacarean como viejas o como campanas rotas, con carcajadas abiertas y flojas. Tú también estás cacareando cuando el jefe te llama por el interfono conectado: “Señorita, tráigame un valium que estoy angustiado”. “Claro”, farfullas, y con la pastilla sales volando. Al volver las flores se han excitado, ahora están abiertas, como rosas hermosas o claveles clavados: “Uuuuuu, Uuuuu”, ululan como lobas, “el jefe está drogado”. “Shhhh… por favor... que me mandan al carajo…”, pides silencio mirando al despacho donde el jefazo, como un poseso, pelea con su mujer por la tenencia del niño que han hecho y que los ha separado.
Las flores tiritan. Tú tiemblas como un venado. Han llegado las siete y la tarde está calando cuando se abren como fieras y una a una te muestran sus heridas hablando: “un Kristeller, guapa, hazle un Kristeller”, grita una loca y la otra “dale con la mano, una ventosa, lo sacas con la ventosa”, musita una inglesa, “un Hamilton, le digo, a ver si lo acelera” y la otra arranca sureña, “una epi, te digo que una epi y sale resbalando”.
Las voces son gangosas, de dolor amortiguado.
Tú sigues temblando con las manos sudorosas. Entonces apagas las luces y sales del despacho con los pies atravesados, mientras tu jefe sigue en la suya y las flores se marchitan. Abandonas el lugar cejuda, hacia el hogar monoparental vas caminando en tu noche turbia y sabes que no has llegado, pero al menos no estás muerta y seguirás buscando.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Lagartos

Charlie no ha vuelto. Han pasado días de cemento y sigues igual. Bueno, peor. Ahora sueñas con lagartos verdes envueltos en celofán; tú y Charlie los cogéis, al vuelo, en una escena que se repite todas las noches cuando intentas conciliar. Pero es inconciliable, el tormento que sientes con la calma que tienes, cuando bañas a tu pequeño, lo meces, le cantas. Lo zarandeas y bailas con él frente al mundo. Ha conocido la playa, el agua, los árboles y las plantas. Esta mañana vio a un ruiseñor, un pajarito tierno. Ve las puestas de sol sentado como un señor a horcajadas en tu cuerpo. No empezó a gatear pero hace arrastradas al viento y ya descubrió al devorador de arena. Esta tarde comió su papilla blanda como un león y ahora duerme. Mientras, tú repasas las canas que tienes, te ha salido un mechón en la frente. Te miras al espejo y ves tus dientes, tu mandíbula clavada y tu cara, de repente. Eres tu madre. Ella te mira desde el otro lado del espejo y te señala el retrete, luego levanta las cejas indicando las tejas, una telaraña. Una no, veinte.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Cyber Kat

Estás sentada frente a una pantalla en el Cyber Kat, un ciber café donde puedes conectarte y disfrutar de compañía felina a medio euro los diez minutos. Claro, no es barato. Pero adoras codearte con los gatos, más si son asiáticos y puedes navegar un rato. El local es de unos nipones, está decorado con líneas minimalistas y blancos almohadones. En la sala hay pocos clientes y media docena de gatos que se pasean con la cola en alto. Uno de ellos, con un ojo cual pirata manchado, arquea sus bigotes mientras se frota contra tu espalda ronroneando. En una de las paredes hay un cartel colgado, con decoraciones de flor de manzano: “Si corres, no llegarás nunca”. La música zen te ha relajado y, por fin, te pones. Encaras la búsqueda del “dragón alado”, con la tarjeta del Xao Lin en la mano. Después de unos segundos, el buscador te muestra una ristra de opciones, puertas que indican un sentido: bordados en hilo de seda y pedrería con formas de dragón alado, inciensos de mirra y mirto con el bicho dibujado, estampados, seres animados, perfumes, diccionarios mitológicos y marcas de petardos. Todo se refiere al dragón alado, pero nada te lleva al restaurante ni al viejo asesinado. Te empantanas en las miles de ventanas y descubres, eso sí, que el dragón alado es un ser inventado por chinos, nipones y coreanos, que se disputan la paternidad y el origen real del bicharraco. Como sea, no tienes tiempo para perder ni tampoco un centavo. Tu hijo se comió su compota, finalmente lo has logrado, pero no durará mucho sin proferir un grito de leche a los oídos inocentes de tu amable vecina. Apuras tu café con leche y cuando estás sacando la billetera, llega una tipa afectada con los ojos como bolas, “el Paco mató a la Trini, el Paco mató a la Trini”, vocifera. El nipón que está a cargo la observa detenidamente y le pregunta con calma a qué se refiere. Ella explica entre sollozos “Mi gata, mi gata, el Paco la mató a palos porque le di una lata y me la metí en la cama…”. La mujer llora con el rostro entre las manos y tú te acercas para secarle los mocos. Explica que el muy bestia estaba celoso y la quería toda entera, como una geisha, empleada o negra que hiciera lo que él quisiera. Escuchas el relato alucinada y piensas en tu Charlie, tan modesto y buen hermano lavando platos, cambiando pañales y besando tus omoplatos. Sientes una punzada en tu corazón angustiado y vuelves a lo que estabas. Al llegar a la pantalla encuentras a Pirata, el gato del ojo negro, paseando en el teclado como Pedro por su casa. Lo espantas con dedos de nácar y él te mira travieso, sentadito y atento al lado de tu taza. En la pantalla nuevas ventanas y caminos se han abierto. En grandes titulares lees que en China la política demográfica ha creado un desconcierto, las mujeres son abortadas, abandonadas y asesinadas, vendidas y borradas de debajo del cielo para tener la oportunidad de que nazca un varón, ya que un sólo vástago permite el gobierno. Así, nacen pocas mujeres, se han vuelto muy selectivas y escogen maridos ricos, rentables y apuestos. Pobres y campesinos no ven una hembra ni en sueños.
Luego otra ventana te cuenta de este entuerto: progenitores furiosos porque la leche china está infectada y ya son miles los niños enfermos. Lactantes diminutos mueren de mal de riñones por un defecto de fábrica, en el gigante amarillo los niños no están seguros ni los piratas se están quietos. La última ventana te muestra esta perla: con las pasadas olimpiadas aumentaron las cesáreas porque las chinas ansiaban parir en fecha tan señalada, augurio de gran fortuna e importancia.
Con semejantes noticias te quedas atontada, un trabajo de chinos descifrar tanta burrada y tanta cosa mezclada. Pagas tu euro y medio y lo saludas a Pirata con un beso en el entrecejo, entre la ceja negra y la ceja blanca. “Mira que eres atrevido…” le dices al amado bicho, tu Cyber Kat preferido. Luego sales a la calle en plena mañana, la niebla cae sobre la ciudad atestada de hombres, mujeres y niños. En el cielo se oye un estruendo y circulan varios aviones, tienen alas de acero y morros respingones, lo que no tienen es brújula para guiar sus motores.