miércoles, 27 de agosto de 2008

Golondrinas y estantes

Cuando te despierta tu propio grito rebotando entre las cuatro paredes del dormitorio, te incorporas encendiendo la lamparilla azul que trajo Charlie de su primer viaje a Lanzarote con el grupo de estudio. Miras el reloj y te asombras de la oscuridad de la noche y del silencio en el que está sumido el piso. Su almohada está intacta y son pasadas las cuatro. Estás temblando con tu ridículo camisón bañado en sudor y tienes los brazos rígidos como palotes. Restos del sueño rebotan en tu mente, imágenes de alcantarilla. En tu pesadilla, una ginecóloga te baja las bragas de un manotazo y te tumba en una camilla de viejo camarote. No puedes verle la cara, sólo intuir el perfil de unas gafas de pasta rojo chillón y el cuello blanco de su bata. Sientes sus dedos largos adentrarse en tu vagina, duros como espátulas, y recorrer tu carne rosada hasta el borde del cérvix. Luego una explosión de color naranja, un dolor indescriptible, sordo y largo, que te retuerce hasta que explotas en gritos.
Corres al baño. Tus bragas no están manchadas, no hay aguas claras ni oscuras. Ya pasó, ya ha pasado, ya pasaste por eso. O así lo crees, no estás segura si estás despierta o dormida ni sabes qué es esto, en qué se ha convertido tu vida. Te lavas la cara y te miras al espejo. Eres varias, ya no tienes una cara sino una cortina de caras, como la de la ducha. Patito feo, patito azul, patito amarillo. Y un patito perdido. De vuelta a la cama vigilas desde el pasillo la respiración de tu niño que duerme como un angelito. Luego apartas las sábanas de un tirón, te tiras como un saco de patatas y te abrazas a la almohada vacía de tu marido.
Más tarde corres, corres, corres y vuelas entre la ducha y la casa de la abuela. Lo dejas a tu niño dormido con un beso en la frente y prometes volver para quererle. Tu madre lo toma con la legaña pegada y un gruñido a modo de saludo. “Vuelvo a las cuatro”, le aseguras y luego musitas “por favor, si llora no le prendas la tele”. De camino al trabajo en el autobús marcas el número de Charlie, que está desconectado, apagado, fundido. Nadie contesta y cuando llegas caminando frente al despacho te topas con tu jefe fumando su primer pitillo. Él pone una cara larga y mira su relojillo de hojalata, “otra vez, chata, a ver si educas a tu hijo…” dice escupiendo al aire su tufillo. Llegas a tu escritorio donde hay cientos de hojas, papeles, archivos y demandas atrasadas. Ordenas, limpias, compones montones de letras inútiles e indescifrables. Haces pilas de contratos, declaraciones, acuerdos y convenios de vieja data. Cuando estás juntando paquetes por fechas y clientes, buscas las grapas. Entonces lo recuerdas a Charlie y su ocurrencia de llamarlas garrapatas, a las grapas. Sonríes por un instante y luego el corazón se te tuerce, mordido por un interrogante: ¿dónde anda?, ¿qué pasó?, ¿por qué no volvió en toda la noche? Entonces buscas el teléfono de la comisaría y marcas los números fatales. Una voz mecánica que divaga te mantiene en línea con un hilo musical aniquilante. No aguantas más de tres minutos. Cuelgas y vuelves a llamar a Charlie, que no contesta. Cuelgas. Descuelgas. Cuelgas y descuelgas de nuevo hasta que percibes que tu compañera te está mirando por encima de las gafas. Piensa que estás loca, y tú también lo piensas. Entonces atrapas tu mochila térmica, te la cuelgas del brazo como si no pasara nada y te diriges al baño. Eliges la tercera puerta, la que está más lejos de la salida, es la menos concurrida. Ahí te sientes más protegida y puedes dedicarte tranquila a ordeñarte con el sacaleches.

- Pssssfff... Psssssfff... Pssssssfff…

El ruidito de la leche circulando por el circuito de plástico te adormece, estás exhausta y te quedas dormida. Han pasado unos diez minutos cuando oyes la voz del jefe gritando tu nombre y dando porrazos en la puerta. Pones voz de estar despierta y le dices que ya sales. Cuando lo encuentras frente a tu despacho está mirando la guía abierta y el número de la comisaría. “¿Qué te pasa, querida? ¿No sabes que esta tarde vienen los controles y tenemos que estar a punto?, luego te mira la blusa mal abrochada, “Dios santo, abróchese eso que parece una cualquiera… y cómo no se ponga las pilas le voy a tener que…”, entonces el vip de su móvil le interrumpe en medio de la frase. Pone cara de fastidio, empalidece un poco y reblandece el tono, “Sí, mami. Ya te dije que con la camisa azul tengo bastante. Sólo son dos días…”. Luego cuelga, te mira con desprecio y señala con su dedo amarillo de nicotina los estantes. “Los quiero para las dos”, dice cortante. Tú asientes sin inmutarte.

Te sientas. Respiras. Piensas en Charlie. Le llamas con todas fuerzas desde tu corazón palpitante. Vuelve, mi amor. Vuelve y que sea todo como antes. Después coges las garrapatas, los guantes de goma, el trapo deslizante y te diriges a los estantes. Llegarán las dos, las cuatro, las seis y cuando llegues a casa encontrarás a Charlie sentado en su silla pensando en las golondrinas canarias. Estás segura, lo presientes, lo sabes.

lunes, 25 de agosto de 2008

Pudín de cumpleaños y otros horrores cotidianos

Estás rascando restos de leche con un estropajo de níquel última generación. Aún así, la leche se resiste, sigue prendida. Te quedan pocos minutos. Los invitados están al caer, son las siete menos cuarto y todavía estás sin duchar, con la bata puesta, el pelo enmarañado y la casa a medio barrer. Tu hijo berrea en su cuna, por encima de la televisión del vecino. Dejas llorar a tu bebé con el corazón en un puño y una intensa sensación de fracaso. ¡Te queda tanto por hacer! Pones el turbo y acabas de barrer, te duchas, te vistes de fiesta y distribuyes sobre la mesa picadas y refrescos. Finalmente, casi has terminado. Estás a punto de sacar el pudín del horno cuando toca el timbre tu primer invitado. Abres la puerta con tu bebé en los brazos y con alegría descubres al recién llegado: es tu prima hermana, la Vizca. Te entrega un paquete muy bien empaquetado, con cintas de colores y el precio pegado. “Es una tarta de Exquisitado”, dice mirándote de arriba abajo y deteniéndose un instante en tus zapatos. “Están desentonados”, dictamina, “el rojo no pega con el verde” y entra en tu casa a paso firme.
Tu prima recorre el pasillo hablando en voz alta “¿Y tu marido? ¿Dónde lo tienes? No me digas que está de nuevo en el gimnasio…”. No respondes ni tampoco asientes, tragas saliva. Charlie está en el chino, fue a comprar velitas para tu cumpleaños. Ayudas a tu prima a sacarse la chaqueta de piel artificial de Noé, su marca preferida. Ella te deja hacer, se sienta en el sofá y resopla aturdida, “No sabes el día que he tenido. Al jefe le ha dado un ataque de ansiedad y hemos tenido que sedarlo. La Nuri estaba histérica, dando saltos con los expedientes bajo el brazo y gritando todo el rato. Luego ha aparecido la mujer y quería hacerse cargo del despacho. Me he puesto firme y le he dicho que no. Ahora soy la segunda, fui la mano derecha del jefe durante años. ¡He pringado tanto!... si la palma soy la primera en asumir el liderazgo, ¿me das un vasito o algo?”. Entonces sí que asientes y le tiendes un vino blanco. “No gracias, me estoy desintoxicando", dice ella apartando el vaso con la mano, "¿No tienes Red Bull, Guaraná Tropical?… algo que me ponga las pilas, sabes, después de esto vuelvo al trabajo. Tengo que preparar un informe para los ingleses sobre Palo Alto, la fábrica del sur. Hemos recortado gastos y los empleados se han rebelado… ¡desgraciados!”. No sabes qué decir y de hecho no dices nada, sólo revuelves tus estantes en silencio mientras buscas un energizante con tu bebé colgado del brazo. Encuentras un complejo vitamínico caducado. Lo diluyes con agua gasificada de una marca francesa que compraste para fin de año. Tu prima lo huele, lo mira desconfiada y finalmente se lo traga.
Está sedienta.
Estás a punto de sentarte para abrir tu regalo cuando suena el timbre, llegan más invitados. En la puerta están Latif, Fátima y su cuñado, los vecinos de al lado. Latif te abraza emocionado y te entrega un regalo. “Es para el nene”, exclama excitado, “para que esté entrenado”. Pasan rápidamente al salón donde tu prima, que está olisqueando la estantería en busca de restos de polvo, levanta la ceja y pregunta con aire ofuscado: “¿Qué pasa? ¿Charlie no sabe pasar un trapo?”. Tampoco a esto le respondes, abres la caja de Latif y descubres un par de bambas de tamaño menos cero, para bebés que no andan, ni corren ni mucho menos compiten. “Son las de Ronaldo”, enfatiza él orgulloso. Mientras, Fátima ha esparcido sobre la mesa unos dulces africanos, hechos con miel y almendras. Tu prima los mira por encima del hombro y rechaza probar bocado. “Soy alérgica a los frutos secos”, explica. Ensayas un mantra apropiado pero no encuentras nada que rime con vizca. Tu Charlie tarda demasiado, te preguntas qué le habrá pasado. Sin embargo, ahí tienes a tu prima y a tus invitados. La conversación termina sin haber empezado, mientras los árabes comen sus migas y tu prima evalúa de nuevo tus zapatos.
Te sientes perdida.
Cuando crees que vas a sucumbir y a servirte un buen trago de alcohol blanco, suena el teléfono. Lo localizas después de un rato bajo el culo del cuñado. Es Charlie. No encuentra las velitas. El chino está cerrado. Te explica confusamente que encontraron al viejo muerto con un cuchillo en la frente y un papelito con ideogramas pegado al brazo. No sabes qué pensar y piensas que miente. Le dices a tu marido que vuelva urgentemente, al diablo con las velas, soplarás el aire caliente. Cuando cuelgas, tu prima revuelve afanosamente la nevera y te pregunta con tono triunfante:“¿Estás usando la faja? He visto el envoltorio en la basura…" Luego te la clava machaconamente: "No se nota. Se te ve fofa…”.
Entonces tampoco asientes. Tragas tu bilis amarga.
Suena el timbre y de nuevo corres a la puerta, donde esperan tu madre y tu otra prima, la Larga. La que no habla pero sabe mucho, de ciencias, de números, de bancos y de chuchos. Te han traído otra tarta, rellena de crema. Y un peluche con forma de chucho para el niño. Pasan al salón y están las tres, tu madre, la Vizca y la Larga comentando lo barato que han comprado en las rebajas, bragas, medias, calzones y rulos. También un abrigo largo como los de antaño, a 10 euros escasos. En medio del alboroto reparas en tus zapatos, es verdad que estás hecha un trapo. Tu bebé eructa entonces y vomita en medio de la mesa, entre los vasos. Se ponen todos como locos. Tu madre, la Vizca y la Larga vociferan “qué asco” levantando las bolsas y apartándose de un salto. Fátima traga despacio su pedazo de tarta, se seca los labios y luego afirma con calma “Verás cuando tenga un año. Te pasarás el día entre mierda…”. Luego sigue con su plato. Latif y el cuñado están en una esquina y poco a poco se van mudando, saludan entre dientes y te desean feliz cumpleaños. Cuando vuelves de la puerta el vomitado sigue en la mesa y tu retoño lloriquea en el parque. Ellas lo miran de lejos y comentan con desagrado. “Cómo llora el malcriado”, observa la Vizca. La Larga asiente y tu madre remata “se lo tengo dicho, demasiados brazos. La tiene esclavizada…” y se da media vuelta para pulirse el resto de tarta.
Estás sentada con la barbilla entre las manos, escuchando estas salvajadas, cuando tu niño regurgita. Lo limpias, lo meces, entre otras estupideces. Y cuando crees que estás a punto de estallar suena el vip del móvil. Es un mensaje de tu marido: “Retenido en comisaría por el asesinato del chino. Te llamo luego. Te amo”. Así descubres que hay más mensajes, de tus amigas del alma y de tu mejor amigo. Uno: “Late meeting in the office. Happy Birthday, darling. Call you soon. Larry”, otro: “Carlos me necesita para su tesis. Lo siento, cariño. Te llamo cuando vuelva de Bombay. Laura”, y otro: “Me salió una cita con el rubio. Te cuento el lunes… que lo disfrutes. Alba".
Sientes un mar de lágrimas agolparse en tu garganta.
Con los ojos nublados te levantas y empiezas a recoger la mesa, el vomitado y las bambas nuevas. Tu madre, tus primas y tu vecina se acaban de pulir las tartas y luego muy corteses se levantan, se abrigan recogiendo bolsas y mandangas. “Me tengo que ir, querida” se excusa tu madre muy sentida “son casi las nueve y ya sabes cómo es tu padre… me quiere para la cena ¡y le llevo unas exquisiteces!” te dice señalando una bolsa de Exquisitado. Tú asientes, sonríes y acompañas a tu familia y a tu vecina a la salida. Al cerrar la puerta te derrumbas. Apoyas la cabeza en la madera con lágrimas enormes y calientes quemando tus mejillas. Grandes lagrimones hirvientes que caen como un torrente mojando tus zapatos verdes. Entonces hueles el queso derretido y lo recuerdas. Es el pudín de yogur que explotó en el horno mientras tu hijo se quedaba dormido.
Ahora lo entiendes, el chino murió de atrevido y tú morirás de estupideces.

viernes, 22 de agosto de 2008

La maleta cuerda

Hoy estás de suerte: tu ginecólogo está inspirado y quiere verte para sacar a tu niño. Es viernes, a las cinco de la tarde te han programado y no paras de mirarte al espejo, mientras haces tu maleta. Coges dos cajas de comprimidos, una para el dolor de cabeza y otra para el ardor de teta. Los vestidos, calzones y pañales de tu recién nacido. Tu libro de recetas para ser buena madre, esposa perfecta y empleada del siglo. Metes también unas chocolatinas dietéticas y algunas barritas de glucosa. Luego, te vas a dar una vuelta por el barrio con tu barriga enorme y por el camino saludas al vecino. “Que tengas una hora corta”, te dice, y no entiendes de qué habla ni qué se ha creído. Sabes que serán unos pocos minutos, estará todo preparado, como previsto, cuando entres en la sala de espera. El instrumental estará limpio, los médicos decididos, el bisturí afilado, los sueros prendidos y los monitores instalados. De hecho, la maquinaria ya está lista cuando subes al taxi con tu marido. Él mira esperanzado por la ventanilla y va comentando con el taxista un partido. Han ganado o han perdido, no lo sabes. Lo único que escuchas es tu latido y sus excentricidades. A cada instante que pasa estás más convencida, este niño será un genio, un atleta o un príncipe moderno. Lo que no será es bebé de teta. Le tienes preparado un biberón supersónico, una cuna con cristales y un reloj para cronometrar la siesta. Cuando tomáis el empalme a la autopista vas pensando en tu cesta, sí, llevas los maquillajes, las fundas con tus iniciales, la faja elástica y pomadas contra las grietas. Tienes todo, escrupulosamente doblado y metido en tu equipaje. Al llegar a la clínica desciendes del taxi con tu preciosa maleta, cargada y repleta de certidumbres y verdades. Estamos en el siglo de la ciencia, la tecnología y sus beldades. Te entregas a manos brillantes y experimentadas, lo sabes. Respiras, suspiras y lo miras a tu marido. Él sigue el partido con sus auriculares. Pasito a pasito te acercas al mostrador y dices lo mejor que puedes: “Maria Eugenia de la Molla, estoy programada para las cinco”.
A las cinco y cinco te abren. Estás atada de pies y brazos, los puños cerrados con ahínco. Varios médicos inspeccionan tu regazo, el ginecólogo con antifaz y gorrita, una matrona seca y otras unidades con mascarilla. El que no está es tu marido, fue a comprar un bocadillo y lo dejaron en la puerta. Pobrecillo… tendrás que contarle la historia. Cómo, una vez atada, te limpian el vientre desnudo, te rasuran y te avisan “si duele dices basta”. Tú asientes con un nudo en la garganta y ruegas que te den droga por un tubo, toda la que haga falta. Luego recuerdas las enaguas de tu abuela que están en la maleta. Las trajiste pensando en ella. Ahora no estás segura de qué pasó con la maleta, si la tiene tu marido, si la dejaste en la puerta o en el taxi, ¿se la diste a la enfermera que te entregó tu número? No recuerdas. Apenas recuerdas algo, ¿por qué estás en este estado?, ¿qué pasó?, ¿qué habíais acordado? Acordaste que tendrías un niño y luego seguirías bailando, trabajando, disfrutando. Te aseguraron que saldrías hecha una pintura, con la cesárea te arreglan la cintura, los dolores de vientre y la vagina queda bien prieta, como les gusta a los chicos duros. Es un gran regalo, lo último que la ciencia ha inventado. Sabes todo esto y cuando la enfermera se acerca y te pregunta por qué tiemblas, te sorprendes. Tú no tiemblas nunca, ni mientes, ni padeces. Eres perfecta, sonriente y eficaz, una hija predilecta y una esposa capaz. Entonces escuchas un chirrido raro, de máquina grasienta. Es el gato que utilizan para abrir bien tu panza y una vez abierta, escuchas una voz que dice entre dientes “no quiere salir el desgraciado”. Tiran tanto que te duele lo que parece que duerme. Estiran, remueven, revuelven y finalmente lo atrapan, lo han sacado. Ahí tienes a tu bebe. Te mira confuso y asustado desde sus ojos verdes. Tú le sonríes tímidamente y mueves la mano, que no se mueve. Claro, estás atada hasta los codos, lo habías olvidado. Luego te cosen como a un boniato y te dejan desnuda languideciendo un rato. Como tiemblas, así lloras, descontroladamente, y no sabes por qué tiemblas ni por qué lloras, con la enfermera a tu lado. Ella muy gentil te tiende un pañuelito y lo mete en tu puño apretado. Luego te dice “tranquila, dame la mano” y cuando le das la mano aprovecha para meterte el brazo en una camisa de fuerza. Ahora sí que estás segura, y más con el esparadrapo. Calladita, limpia y vacía te mandan para arriba, a una habitación para ti sola. Ahí están la televisión prendida y tu maleta a un costado, cuando se va la enfermera te quedas muda, boba, descompuesta. Nadie ha llegado. Están todos mirando al bebe por detrás de los cristales. Los mocos te caen a raudales, aunque no sabes por qué, tú nunca lloras. En la maleta siguen las cosas de antes, incluidos un par de guantes. Ni una sola te sirve ahora; nada tienes en tu equipaje que pueda aplacar la amargura que te sale a borbotones por la boca.

miércoles, 20 de agosto de 2008

La teta y la luna


Con placer he leído estos días que una joven científica española recibió un premio. Y me he alegrado al saber que la premiada -de cuyo nombre no me acuerdo ¿será el temido efecto de la lactancia "memoria por los suelos"?- era madre de tres hijos. Tras recoger el galardón corrió a sentarse en primera fila donde la esperaban su madre y el más pequeño, un enanín de dos meses. Contra toda predicción la madre letrada no le encajó un biberón, sino que se lo colgó al pecho para darle una ilustre tetada. Me vienen a la memoria, resucitadas, escenas de mi vida en la luna. Mi bebé prendido al círculo divino, redondez animada. Mi pecho rotundo sorbido, chupeteado y relamido por las calles, plazas, playas y hamacas de este mundo. Reacciones aplacadas, señores mudos, mujeres disgustadas. De todos los colores hay gustos y disgustos inmundos. Aquí yo pongo mis flores de instante fecundo y ruego a las letradas, profesionales y hermanas que pongan lo suyo. Historias de mamas y de mamis destetadas, situaciones, escenas y burradas.

martes, 19 de agosto de 2008

El caso perdido de Ricky Trancalarga

Al despertar abres los ojos, te frotas la cara intentando recordar quién eres y dónde estás, y entonces lo recuerdas: no importa quién seas ni si eres fea, baja o larga, lo que importa es que hoy llega Trancalarga.
A tu lado los restos de tu marido emiten un grave ronquido. Ayer noche te lo merendaste entero, enterito, incluidos los diez deditos. El muy ingenuo se roció con un elixir sexual para contrarrestar el efecto patata muerta que os tuvo a seco varias semanas. El resultado fue demoledor: lo diste vuelta de nalgas y lo dejaste rendido. Ahora son las 11, no escuchasteis la alarma. Te levantas, te cubres con la bata y acudes al encuentro con tu retoño. Ahí está, en la cuna, sonriendo entre babas. Pones en marcha el mecanismo a todo trapo: ropa de abrigo, pañales, bolsita y bolsazo. Lo levantas a tu marido a manotazos y lo metes en el coche de nuevo rumbo al cortijo, a conocer a Trancalarga.
El sujeto en cuestión le hace la corte a tu hermana. De visita una semana, dicen que tiene cuenta en Lausana y es buen bebedor, además de un gran tenedor. Sea como sea, ansías conocerlo y cuando aparcáis el coche ya están todos en derredor, sentados a la mesa larga. Tu padre sin camisa, tu madre peinada y tu hermana con sus gafas. Trancalarga preside la mesa. Levanta el tenedor y le da a la paella, comentando faenas y encantando a la nena. Tú estás a su lado y tu marido del otro lado, junto a tu hermana. La paella va y viene, entre todos os la cepilláis entera. Tu hijo prueba sus mofletes con un nuevo redoblete. Trancalarga lo toca, lo toma, lo mece y dice cientos de veces que es muy niñero, mirando a tu hermana y mojando el babero. Tu hermana lo ignora con elegancia y con pena le dice que le pasa la ensalada, aunque queda poca. Trancalarga mira a tu hermana dos veces y atrapando la ensalada, suelta entre dientes “me comía hasta tus migas”. Entonces tu padre le da una palmada en la espalda y Trancalarga escupe sobre tu falda algunas espinas. Tu hermana aborrecida tuerce una boca amarga, tu marido disimula cual salamandra y tu madre apura un vaso y se queda tan ancha. Tú respiras tranquila, te alegras de estar relajada y mientras tanto, Trancalarga cuenta boludeces. Que estuvo en Altamira y no le gustan las nueces, ni las piraguas, pero sí las barcas de agua y las redondeces. Curiosa indagas en qué anda, cómo está de mujeres. Él responde que tuvo varias pero nunca más de dos meses, ni tanto menos dos veces. Te preguntas qué le pasa y qué se le cuece que a las hembras escuece. Trancalarga es huérfano de teta y por esto adolece, su mamá con varicela lo dejo a dos velas y apenas recién nacido lo destinó al destete. Dice que se hizo fuerte y para superar la herida puso su blanca leche en Sevilla, en un banco de semen, para inseminar a quién lo desee estando él en mejor vida. Te quedas prendida de este sideral enigma, qué será de Trancalarga el que inseminó en el futuro a la mujer de sus sueños… y entre sueños te pierdes mientras meditas sobre tu niño dormido. Tiene en las orejas dos pequeños orificios, sobre la piel que tapa el oído, recuerdos de una vida de duende en la que anduvo metido. El pediatra las declaró reminiscencias… ¿y esencias de qué?, tú te preguntas. Mientras tanto, el postre está servido y Trancalarga se ha puesto verde.

sábado, 16 de agosto de 2008

El dolor no tiene jerarquía

Han pasado los meses y aún no consigo apoderarme de la deformidad de mi parto, de la multiplicidad de detalles, del sentido o el sinsentido del dolor. Conservo fragmentos, aspectos, mitades. Algunas historias refrescan algo que sentí, pero no recuerdo. En mi interior reverberan imágenes a partir de algún detalle o coincidencia con otras vivencias.

Últimamente me han sorprendido mensajes en los que parecían disputarse las jerarquías del dolor y desde hace unos días me rebota en la cabeza la cuestión del arriba y abajo. Que si la partera humaniza porque recoge al bebé entre tus piernas, que si el médico cruel y dominador te pone abajo y él ejerce desde arriba, dando lugar a la jerárquica opresión. Recuerdo durante mi parto en el momento de mayor dolor, cuando nos habían transladado a una sala de alto riesgo, al lado del quirófano. La silla en la que se supuso pariría era en realidad una camilla dura, negra y resbaladiza. Tan alta que no podía subir ni bajarme sola y tenía miedo de caerme y acabar con escayola. Jamás me he sentado sobre un artilugio más incómodo. Tenía a los costados dos ganchos para colgar las patitas. Pues en el momento en que la ginecóloga y la comadrona (que no recuerdo quiénes eran porque desfilaba ya el tercer equipo, incontables rostros y manos me habían dicho hola…) hubieron de mirar con ojo atento en mi vagina a ver si llegaba mi hijo y a qué hora llegaría, lo hicieron con su cabeza a la altura de mi culo, que estaba suspendido en lo alto de esa tumbona de plástico negro. O sea, más bien yo estaba arriba. Era como en el dentista que estás sentada en el sillón con las manos sudorosas retorciendo el babero de papel y la boca temblorosa abierta hasta doler, y cuando él aprieta un botón el sillón se eleva haciendo un ruidito hasta que estás a la altura idónea para ejercer.

Arriba o abajo. Puedo estar arriba, atada, mostrando la barriga abierta o boca abajo como un camión al que le están haciendo una revisión. Y puedo estar abajo, doblando el pescuezo cabizbaja. Desconfío de la posición. Solamente estando a tu lado, a un costado, acompañando y siendo acompañada, el dolor no tiene jerarquía porque mi dolor es tu dolor. Desconfío también de las categorías, no hay dolores grandes o pequeños, buenos o malos, justos o injustos, desconfío del color porque no hay negros ni blancos. Todo es al revés, en este mundo extraño. Sufrimos muchos en manos de pocos, nos duele el nacer, con la muerte gozamos, los matarifes se visten de blanco y están asalariados.

El efecto patata muerta

“Oh, no, otra vez patata muerta”, sus palabras te llegan con un hondo sonido de desesperación. Por tercera vez consecutiva has llevado a cabo la escena del salón, que consiste en dormirte a pata tendida con el libro entre las manos, la cortina por tejer y cáscaras de huevo alrededor. Pareces muerta, definitivamente postrada contra el sillón, y cuando él te despierta apenas atinas a coger tu camino hacia la puerta manoteando las paredes hasta caer rendida en el colchón. Son las 12 menos cuarto, luna llena de agosto y tu marido está juguetón. Quiere un revolcón. Tú atajas el ataque balbuceando una frase contundente de resoplón: “te lo dije, estoy cansada”. Luego te entregas a Morfeo sin más dilación.
A la mañana siguiente os vais de excursión, toca visita a la huerta de tus padres y luego chapuzón de playa. Cargáis la furgo como una expedición de exploradores costeros: kayak, kit plástico de animales marinos, parque y pileta, gafas y tubo de buceo, colchoneta, toallas, pareos, toallitas de limón y cambios repentinos de ropa de playa, de abrigo, de presentación. Tú llevas tus chancletas y el pelo recogido, tu marido un colchón y sus crucigramas. Cuando llegáis al cortijo tu hermana está tirada en la hamaca, vestida con una túnica eslava y sus flamantes gafas de sol, Gucio Albani de Alabama. No son del montón, tienen patitas vidriomecánicas y un estuche con escamas. Luego estáis a los abrazos y le tiendes el retoño a tu hermana, que lo besa desde abajo como una enana. Bebé abre los ojos, ríe excitado, patalea emocionado y expande esta marranada: boca abierta y cascada de leche agria sobre el ojo de tu hermana.
Se arma un ajetreo y una confusión. Tu madre se ríe a plena carcajada y tu padre espeta un “así estás entrenada”, que a tu hermana le sienta fatal, por no decir peor. Te tiende las gafas con el ojo chorreando un líquido blanco que le da comezón. Limpias las gafas de tu hermana y sonríes con devoción. Qué mañana… apenas se establece la calma le hincáis el diente a un boquerón y engullís una damajuana. Habéis llenado el barrigón y estás sentada con tu madre y tu hermana, en medio del salón, explicando cómo te entretiene la vida desde que eres la empleada del millón. Que no es un título ganado al empresario, se refiere al millón de veces que haces algo. Qué repetitivo frenesí ocupa tu vida de mama, de aquí para allí, recogiendo pijamas, chiches y polainas, y limpiando obsesionada... Pues entonces tu retoño, que está en las faldas de su papi y no dice nada, emite un leve ronquido y tuerce la carita azulgrana. Luego deja caer una lagrimita de esfuerzo y sonríe aliviado. Papi tarda unos segundos en descubrir que su hijo ha hecho pipí y que su nuevo quimono chorrea caca naranja y verde… se ha puesto como un mono de mierda hasta los codos. Se levanta como un poseso y, arrastrando una pierna rígida, grita frenéticamente “¡¡¡¡¿quéeeee hago?!!!! ¡¡¡¿quéeeee hago?!!!” y tu hermana le corre detrás diciendo "¡¡¡¡estira la pata que no pasa nadaaaa!!!!, ¡¡¡estira la pata que no te afecta en nadaaaa!!!” mientras tu madre vuela a por una toalla, soltando carcajadas.
Qué escena perniciosa, terrible, qué salvajada.
Tu hijo es un bebé gigante, tiene brazos enormes, piernas como jamones y una sonrisa endiablada. Ahora juega tranquilo en el parque mientras tú respiras pesadamente, derrumbada sobre una almohada, con la boca entreabierta y las moscas rondándote el dedo gordo del pie, el de la uña mal cortada. Lo intentaste varias veces pero sucumbiste en la batalla. Más allá de las doce se agota tu pila cargada y cual cenicienta encantada te vuelves “patata muerta”.

lunes, 28 de julio de 2008

Transformación al atardecer

“¿Cómo te cambia la vida, eh?” La sarna de tu vecino te pica en los dientes cuando le ofreces tu mejor sonrisa forzada mientras limpias con un pañuelito arrugado las babas de tu vestido recién estrenado. El atardecer es precioso en el local al aire libre, abarrotado de veraneantes, al que habéis acudido esperando aparecer en la foto de los más. Los más guapos, famosos, trendys y deseados de la zona retozan tumbados en hamacas, entre cojines y cocktails coloreados. Tú caminas entre la gente a paso de tortuga, teniendo cuidado de no caerte entre las piedras, con una mano recoges tu falda y con la otra sostienes al retoño. A tu paso las mujeres sonríen, mueven la boca y hacen carantoñas. Algunos hombres abren y cierran la mano saludando a tu hijo. Te das cuenta de que nadie repara en tus zapatos último modelo, ni en tu cuello y tus hombros bronceados. Pasas desapercibida, como hembra has terminado. Te has convertido en la humilde portadora de un niño, el bebé es tu mayor reclamo. Más tarde, tu compañero se bebe un gin tonic y tú sorbes un insulso zumo de melocotón, con los pañales y el kit de cuidados debajo del brazo. Algunas chicas bailan al son de la música y contornean sus cuerpos dorados al sol, mientras tú buscas un lugarcito a la sombra para dar la teta. Pasa un adonis musculoso, una modelo rubia se sienta a su lado y empiezan a comerse los labios. Cada vez que te giras para mirar discretamente, tu bebé suelta un chorrete de leche por la comisura de los labios, manchando tu ropa interior y creando el nefasto efecto aureola. Estás hasta las manos. Querrías estar en la foto pero tus tiempos de ninfa se han esfumado, lo estás confirmando mientras metes con esfuerzo tu vientre abombado. Ya no estás para la publicidad del verano, todo ha cambiado. Sonríes a tu hombre, pero él babea embelesado por una morena de senos imponentes, perfectos, inhiestos. Tu pecho recoge una señal endocrina y suelta un chorro, animado, que recorre la garganta de tu niño, hasta ser eructado. ¡Hurra! Le estás amamantando, la lactancia es un éxito y te sientes afortunada por este ser recién llegado. Luego te ataca el hambre y decides meter el dedo en un pote de alioli, el pan está del otro lado y hacerse con él es complicado. Por un momento dudas, temes que puedan sorprenderte en un gesto tan poco agraciado. Rápidamente hundes tu índice en la crema sabrosa y te lo llevas a la boca, ansiosa por hincar bocado. Tragas la pastita y echas una mirada alrededor, para confirmar que nadie te ha visto. Efectivamente, nadie te mira, ni siquiera saben que has llegado. Entonces comprendes que hay varios tipos de mujeres, las rubias, las morenas, las tetonas, las petites y las ambigüas. Y del otro lado, junto a las madres, las abuelas y otras especies invisibles, aparece tu cuerpo recién trasformado.

martes, 22 de julio de 2008

La hierba del vecino

“¡Le está chupando el dedo del pie! Ha dejado la copa de whiskey y el puro y… te lo juro, ¡le está chupando el dedo del pie!”, grita tu marido desde la terraza sentado frente a un catalejo. Lleva puestas su vieja gorra de marinero y sus triunfantes chancletas estivas, aunque tiene el aire desprolijo de la falta de sueño. Lo observas por la ventana de la cocina y le escuchas por encima del ruido de platos, pero no le respondes con un grito para no despertar a tu bebé. Aunque de veras quisieras saber… y ella, ¿qué hace?, ¿le deja chupar el dedo tranquilamente?, ¿lo mira con cara de gata salvaje?, ¿se contorsiona cómo una serpiente?... El yate lleva amarrado una semana y cada mañana desayunan salmón, frutas exóticas y huevos de ave. Vosotros, mientras tanto, coméis pan de molde untado con crema de cacahuete. Luego la niñera viene a buscar a los niños y el machote se tumba en la proa a ojear finanzas, ella se mete en el jacuzzi y se masajea sus piernas largas. Mientras, tu marido busca ofertas de mobiliario en el patético diario local y tú rascas cacas resecas de Pirata, tu amado animal. Luego, los niños bucean, conducen la lancha en miniatura y aprenden a pescar. Mientras, tú barres la terraza con un brazo y con la pierna le das al balancín de tu niño, tu marido restaura un cojín contra el reuma porque ya se sabe, hay que prever el futuro. Ahora te llama la atención su silencio. Por lo general te va informando de lo que hacen mientras tú estás adentro, pero nada, no se oye nada. Después del dedo en la boca… ¿en qué habrán terminado? Miras por la ventana y tu marido se ha esfumado, ahí están sólo el catalejo suspendido y sus chancletas... ¿dónde se habrá metido? Dejas los platos, te secas las manos con un supertrapo multiusos recién inventado y te dispones a darle guerra. Seguro que el muy mamón se ha quedado dormido, estás cansada de decirle que el trabajo dignifica y que así no va a llegar a nada. Hay que estar activo. Al salir a la terraza te das cuenta de que ha desaparecido, no está tumbado en la hamaca ni se oye ningún ruido. Vuelves a tus platos. Y cuando estás enfundando tus manos gastadas en tus nuevos guantes Dedos de Nácar sientes un chasquido y un aliento agridulce en la espalda, olor a tabaco. Alguien te rodea la cintura con sus manos largas y te aprieta las nalgas. Es tu marido, el que carraspea unas palabras incomprensibles, extrañas. Algo así como dame más, sí, sí… dame así, el mantra de una star pornográfica. Te pones nerviosa y se te tensan los oídos. Duerme, sí, el bambino. Olisqueas su pecho de viejo marino y le muerdes la barbilla. Sueltas amarras. Nada importa la hierba del vecino cuando lo empujas hacia el pasillo y lo estampas contra la cesta de lavar la ropa. Así mismo hicisteis a tu niño. Sí, vaya... cómo se repiten las cosas.

La historia de las cosas

Una prima argentina me hizo llegar La historia de las cosas, un material refrescante para niños y padres. ¿Qué pasa en el planeta con las cosas que poseemos? Vivimos poseídos por la posesión y a largo plazo, quedaremos despojados. Aprender el abc de una nueva filosofía es tarea urgente, aquí tienen el enlace hacia el primer paso. Que lo disfruten.

lunes, 21 de julio de 2008

Hijo, te presento a tu eduglovia

A continuación sigue el comentario de Mariana, un llamado a la educación itinerante, libre y amistosa. Pensé en tomar la educación en mis manos e imaginé un futuro abierto, conocedor de los grises y de las desigualdades, atento a las fuentes, reino de los tiernos y de los iguales. Imaginen ahora ustedes. Aquí propuestas, enlaces y contactos para la educacción de los chavales.

martes, 15 de julio de 2008

Forofas del pañal

Estás espiando a tu bebé desde detrás de la cortina. Hace ya horas que duerme y no aguantas más, necesitas tocarlo, olerlo, relamerte los labios acariciando su piel. Se mueve un poquito como si estuviera soñando. Sabes que no tardará mucho, es hora de mamar otra vez. Pasan los minutos y sigues de pie espiando, pero tu bebé no se decide. Duerme, rebufa, hace algún ruidito. Con cada movimiento y cada sonido tu cuerpo se tensa como un junco al viento, estás pronta, lista, con las tetas chorreantes bamboleando debajo del vestido. De golpe tu niño emite un suave quejido, abre la boquita en forma de rosa y suelta un alarido. Es el grito de la leche. Por fin, ahí estás, excitada como una perra te abalanzas para cogerle. Lo tienes en tus brazos y ahí mismo frente a la cuna lo meces, lo acercas a tu cuerpo fíbrilante mientras él tiembla de hambre buscando el pezón por encima de la tela. Lo hueles, un suave perfume de leche y caca te inunda el entendimiento, las cuerdas y las agallas. Te vuelves loca, explota una cascada de señales endocrinas y te estremece el alma, una espiral atraviesa tu cuerpo hasta las entrañas. Finalmente, tu bebé se prende al pezón y sonríe sin mostrar los dientes. Un aleteo de mariposas asciende por tu vientre y te sume en una dulce vigilia. Sigues de pie aunque no te des cuenta, una fuerza inconsciente te mantiene erguida y ahí prendida, la criatura a la que perteneces te devuelve a la vida.


Instantes mágicos junto a nuestros hijos nos devuelven la comprensión de la vida. Finalmente, podemos aceptar y afirmar nuestra existencia convertidas en forofas del pañal. Cuenta aquí los acontecimientos íntimos que cimientan la unión con tu hijo.

La rueda

Has llegado. Levantas a tu bebé en brazos y sonríe gozoso, le encanta que hagas eso. El camión en el que os transportan coge un bache y pierdes el equilibrio, pero un hombre te sostiene por la cintura. Es tu hermano, aunque no le conozcas. Tiene una boca enorme, la piel resquebrajada e intensos ojos negros. Cuando te mira con esos ojos le recuerdas. Es el que perdió a su hijo la quinta noche, a su mujer se la llevaron desmayada los hombres blancos... Todavía puedes escuchar el ruido que hacían los cuerpos al deslizarse en el agua. Y cómo lloraban. Tú también lloraste, de miedo, de cansancio. Pensabas en tu mamá y en tu hermana, atrás, en la aldea. Apretabas tu amuleto contra el pecho. Después de los niños en el agua, nada. Silencio. Un hombre vomitando. Las estrellas, la noche. Y luego la mañana y más tarde, un barco. Gritos, llamadas, de pronto el corazón en la boca y sabes que has llegado.

(...)

Del otro lado de la pantalla una mujer blanca mece a su bebé en brazos. Mira el reloj. Las 11. Coge el mando con la mano libre y apaga el telediario. Noticias de África que rebotan en sus pupilas y se vuelven alpiste de olvido. Nada, vacío. Repasa mentalmente: colgar la ropa, hacer la cama. Levantar los mensajes del contestador. Comida a los bichos. Tocarle la mano a Albert, escuchar la versión del abogado. Despejar, mover las piernas. Depilarse, terminar de pintarse las uñas. De pronto oye un pitido, es el móvil. Mueve la mano libre y cambia de canal. Nada, vacío. Varias mujeres en una bacanal. Ronaldiño con su nueva novia en las discotecas de Ibiza. Los canales secos de Andalucía. Una almohada inflable para mover el culo mientras estás sentado. Continúa cambiando de canal, inmersa en una cadencia mecánica escucha voces y melodías lejanas. Frente a los flashes de la tele la mujer dormita con su niño. La rueda sigue.

¿Has imaginado alguna vez la maternidad en condiciones de lucha por la supervivencia? ¿Qué es ser madre cuando no se es libre? Aquí, fragmentos de vida al límite, madres agarradas a sus hijos contra las prisiones de la mente, el cuerpo y la desigualdad social.

miércoles, 9 de julio de 2008

Hambre de hombre y sed de marido

Estás desnudo en medio del salón, tienes en tus brazos a tu bebé y por un instante te has perdido. Mientras tus neuronas despiertan del sueño en que andabas metido te miras al espejo, y de rebote, lo miras a tu recién nacido. Vaya, tiene cara simpática el monigote. Sonríe apenas y parpadea como un cupido. Lo miras atentamente intentando descubrir si tiene tus orejas, tu piel, tus bigotes leoninos. Sabes bien que es tuyo, de eso estás convencido. Conoces a tu gata y sus maullidos, ¡la concepción de este niño fue un hecho relamido! Luego, en el espejo, ves tu aparato decaído. Fláccidamente prendido, como un animal inerte, no parece tan importante ni tan imponente. Sabes que tu gata es más rápida, inteligente y resistente cada día, y te preguntas si te verá la gracia todavía. Claro, que antes del destete no va a dejarte porque necesita protección y comida. Pero, ¿después? ¿Se irá aullando hambre de hombre la mal nacida?... Aj. Mejor no pienses. Vuelve a tu retoño. Sonríes ahora con todos los dientes y él te mira fascinado, encantado, entusiasmado. Sí, definitivamente se te parece. Tiene tus ojos verdes y tus orejas tendidas. Está frunciendo la frente cuando de pronto abre las manitas, suelta un rugido temible y una cascada amarilla. Es él, tu cachorro, cara a cara no tienes salida y mientras limpias la leche cortada del espejo, te preguntas: ¿le quería?

¿Hombre, marido, padre? Son palabras que adquieren un nuevo sentido según el estado en que te halles. Cuéntanos lo que ves cuando te miras al espejo y las emociones, sentimientos e ideas que ocupan tus noches de desvelo.

lunes, 7 de julio de 2008

De coles con aceite, remedios contra la mala leche

Esta mañana amaneciste con la teta izquierda, siempre más generosa que la derecha, chorreando leche como si de una fuente venusina se tratara. Ya despierta, hambrienta por los efectos de la lactancia, corriste al supermercado del pueblo a por los víveres de la semana. Frente a la caja, una mujer madura con piel curtida por el aire campestre alaba los beneficios de la lactancia y luego declara: "Yo tuve diarrea cuando mi beba tenía dos meses y el médico me dijo que no le diera más porque la leche estaba mala. Se me pusieron como melones. Hasta que una amiga me dijo que hirviera unas coles, las untara con aceite y me las pusiera en la pechanga. No veas como chorreaba agua...". En Bolivia algunos lugareños dan de beber leche de madre a los viejos enfermos. Dicen que cura la bilis amarga. Estas y otras leyendas, son los mitos de la leche. Que si al beber cerveza el pecho se carga. Que no todas tienen leche. Que el pan da pedos y el ajo enagria. Vete a saber si le gusta y si te quiere...
Comparte aquí tus cuentos y leyendas sobre la mala leche y la leche larga. Trampas y trucos del femenino arte de la lactancia.

viernes, 4 de julio de 2008

Peor el día que la noche

Has soñado que nadabas detrás de un joven bello y musculoso, hacia un escondite azul. Después del encuentro nacía vuestro hijo, un ser negro, peludo y diminuto. Cuando intentabas abrazar a tu querido bebé se te escurría como una pescadilla, dejando escapar chorretes de caca líquida por los cuatro costados. Al despertar estás sudando, el teléfono suena ensordecedor y las facturas amontonadas sobre tu escritorio te recuerdan las entregas atrasadas. No encuentras las llaves del coche y tu hijo berrea su grito de leche. La casa parece una aldea caribeña después del tsunami, el gato ha cagado en el sofà y ya no te quedan bragas limpias. Tu compañero te espera en un par de horas, presentable, para un importante encuentro de negocios con su jefe. Es pleno agosto, el sol bombardea sus rayos poderosos y estás blanquecina y sin depilar...
¿Qué es lo peor que te ha ocurrido desde que ingresaste en el maravilloso mundo de la maternidad?

Partes de partos

Parir en nuestra postmoderna sociedad occidental es, como todo, cuestión de tiempo. Y como tiempo es dinero y quien no corre, vuela, las mamás civilizadas se encuentran contra las cuerdas: "O pares, o vas a quirófano", dice un ginecólogo amenazante mirando el reloj y sacudiendo el termómetro. Podría ser parte de una novela o, sencillamente, una escena que prefieres no recordar.
Cuéntanos de qué manera te persiguió el tiempo durante tu parto, haz el parte porque siendo parte, tal vez podamos hacer algo.

Mi amor, amor mío

Ha llegado finalmente el amor de tu vida. Tiene patitas diminutas, manoplas rosadas y ojos celeste. Nació en tobogán por cesárea o atravesando como un campeón tu preciosa vagina. Es niño, o niña, poco importa. Ha logrado que hagas lo que nunca hubieras imaginado, que sientas lo que nunca hubieras creído. Te ha convertido finalmente en mujer, de los pies a la cabeza. Sientes que le debes la vida y que ahora todo tiene sentido.

Escribe una carta de amor para tu hijo, dile a tu hija lo que has aprendido, lo que sueñas para su futuro. Algún día puede que la lea...

Milactancia política

Horas y horas sentada viendo pasar el día. Platos por lavar, casa por barrer, conversaciones suspendidas y tareas omitidas. Cientos de minutos sumergida en la mirada inmensa de tu retoño, y la vida entera por hacer. Por tu cabeza desfilan pensamientos, proyectos, planes. La milactancia política te ha llevado a un punto muerto, un instante eterno en el que pagarías por tener dos cuerpos, uno para la madre y otro, para seguir siendo niña.

Toma un segundo entre teta y teta, olvida por un instante tus cadenas de leche y pon a volar tus alas: ¿dónde volarías? Cuéntanos tus deseos, planes abandonados y proyectos aparcados. Entre teta y teta, pon a cocinar tus sueños.

De ministras y otras minestras

En estos tiempos de madres ministras y guerras siniestras cabe preguntarse si alguien ha visto alguna vez a un bebé de seis semanas. Si es así, alguien sabrá que aspecto tiene, qué pie calza y cual es su capacidad de autonomía. Se entiende que en estos tiempos de mamás laboriosas, dirigentes y lumbreras los bebés se emancipan de la teta apenas salidos de la panza. Y es que vienen educados, calladitos y obedientes, y apenas hay que llenarles la tripa. La pregunta es: si el modelo a seguir es nuestra ministra, ¿a qué edad les damos de comer minestra?
Cuéntanos qué tal te sienta el modelo Chacón y qué opinas sobre la minestra. Al trabajar e ir a la guerra a ganar medallas... ¿qué será del bebé de teta?
Consulta sobre el efecto Chacón aquí y acá.