lunes, 31 de agosto de 2009
Vuelta al cole
viernes, 17 de julio de 2009
Muerte y la China
“Los Mossos d'Esquadra detuvieron en la tarde de ayer en
Lees el papelito que ha quedado pegado entre las baldosas mojadas de tu patio encantado. Ese diario anticuado te recuerda la ausencia de Charlie, tu hombre enamorado. Ves la cara de la niña china en la fotografía y la reconoces, es ella, la señal que hasta entonces perseguías. Pero si la niña está muerta y la tienda china a la vuelta de la esquina ha clausurado sus puertas, ¿dónde vas a encontrar a tu marido ansiado?
Piensas y en la nebulosa adivinas que tal vez has de recorrer las salas de urgencias y unidades de intensivos cuidados. Allí tal vez se
Vas
Es una sala blanca, donde el aire está viciado y los enfermos esperan con ojos de ratón atrapado, las orejas
jueves, 25 de junio de 2009
Partes de partos

viernes, 19 de junio de 2009
Barba premiada

martes, 16 de junio de 2009
Nuevas caras
miércoles, 27 de mayo de 2009
A la bartola
miércoles, 13 de mayo de 2009
Mi maternidad responsable
sábado, 9 de mayo de 2009
Son todos unos depravados
domingo, 26 de abril de 2009
Diente de ajo
lunes, 20 de abril de 2009
Mujer colonizada

Si no entienden la letra, busquen anteojos. Aunque a la mujer colonizada le faltan los hoyos del bombardeo capital consumista y la torturante diatriba laboral, no tiene pérdida la obra de las Mujeres públicas. Guerrilleras del suelo público, magas en la arena.
domingo, 12 de abril de 2009
Descalabro
sábado, 11 de abril de 2009
sábado, 4 de abril de 2009
Gente guapa
miércoles, 18 de marzo de 2009
Gracias por vieja y salvaje
viernes, 13 de marzo de 2009
Estrella
martes, 10 de marzo de 2009
El mismo miedo, de Laura Gutman
domingo, 8 de marzo de 2009
martes, 17 de febrero de 2009
El libro de las caras
Escribir el libro de las caras querría decir, tal vez, comparar las caras de ayer con las caras de hoy. Las caras del antes y del después. Pero, ¿antes de qué?, ¿después de qué? Habría entonces que inventar los entres, los siglos en que estuvimos perdidos cruzando barrizales y descifrando briznas colgadas en el sweater de un amante. Tal vez ese amante fuera el marido que una vez besaste con besos encendidos y ahora ni recuerdas, aunque lo tengas delante. Quizá los barrizales tuvieron que ver con tus intentos de llegar la primera, de escalar como una atleta los escaños sociales y de tener tarjetas. O cruzaste ciénagas de soledad y miedo para ponerte una careta y ser la protagonista más bella de Sex in the city, tú la princesa plebeya.
Escribir el libro de las caras sería una labor tan inútil como inabarcable. Inútil es hablar de una cara cuando las tenemos todas e inabarcable porque la que escribe habría de infiltrarse en la intimidad más inconfesable. En el quiebre de la aurora, la cara es otra. Muestra la arruga su pliegue, la borrachera su bronca. A altas horas de la madrugada, en esa línea sutil que nos separa del desayuno, los propósitos y el buen aliento, hemos dejado de ser quiénes creímos que éramos. Entonces nuestra cara no es más que una huella, un topos. Innombrable materia que refleja el devenir de lo que somos.
